On the art of letting go.

Cuenta el dicho que no hay dos sin tres. Es una advertencia surgida de la experiencia, de pruebas fehacientes, de hechos repetidos una y otra y otra vez. Empirismo, si queréis. Y así como cuando llega el hecho número dos puedes decir con cierto grado de seguridad que el tercero estará el caer, esa probabilidad disminuye cuando se da el primer hecho. Pero, ay, no tenemos manera de saber cuándo ocurrirá este último.

Hace cinco meses llamó a mi puerta la primera mala noticia. Acusé el golpe sin pararme a pensar, o siquiera sospechar, que nada de características similares fuera a seguirlo. Pero lo hizo, vaya que si lo hizo. Acto seguido, sin solución de continuidad, la segunda mala noticia hizo acto de presencia. El dos sin tres empezaba a pesar sobre mí como un mal augurio, y el vivir en tensión continua, mirando dos veces antes de cruzar, se convirtió en rutina. No creo que haga falta decir que, a pesar de que afiancé los dos pies con toda la seguridad que pude reunir, la tercera mala noticia me barrió como una hoja recién desprendida del árbol. Y como una hoja me vi a merced de los vientos huracanados que se desataron cuando, por fin, las tres hicieron acto de presencia en mi vida.

Ahora que ya conocéis el continente del problema, es hora de que os liste el contenido. Cuáles fueron esas tres malas noticias que te dejaron doblada, boqueando y en busca de un asidero para no caer, os estaréis preguntando. Contextualizaré, pues: el primero de los percances, en orden cronológico, está relacionado con la persona que iba a vivir conmigo. Cuando todo estaba atado y asentado, cambió de planes y me dejó sola con algo más que un piso que llenar. Escasos días después, y tras dos semanas preparando el terreno y haciendo estragos en mi estado emocional, me rompieron el corazón. Para entonces, la sensación de que el universo me estaba dando la espalda crecía a pasos agigantados. Pasada una semana me di cuenta de que esa sensación era errónea. El universo me estaba mirando fijamente a los ojos, como queriendo que fuera consciente de que el golpe de gracia estaba al caer. Efectivamente, en un giro argumental difícil de prever, cuando aún estaba recogiendo los pedazos, me diagnosticaron con algo potencialmente peligroso para mi salud.

No se puede negar la belleza perversa de cómo se desencadenaron los acontecimientos. La maestría a la hora de reducir a escombros amistad, amor y salud, en un momento en el cual me encontraba sola. Sola en una ciudad extraña, lejos de mi hogar, sin nadie con quien compartir el peso que se había instalado sobre mis hombros y que amenazaba con aplastarme. Inevitablemente, me ahogó. Lidiar con las tres cosas a la vez supuso más de lo que yo era capaz de gestionar. A mediados de agosto, cuando la ola tocó tierra, ya no tenía fuerzas para llorar. Mi única vía para liberar toda la presión acumulada, anulada antes siquiera de empezar. Malditas sean esas dos primeras semanas de verano. Debido a ellas, me encontré sin armas cuando llegó la artillería pesada.

A día de hoy, no tengo un recuerdo claro de cómo llegué a septiembre, aunque los ecos de todo ese dolor me siguen persiguiendo. Fogonazos de desaliento, de pesar. Preocupación, una sensación de inevitabilidad, de por qué a mí. De vacío. Emocionalmente, colapsé sobre mí misma. Y aunque, en retrospectiva, me doy cuenta de que tal vez fuera una especie de retorcida bendición el hecho de que mi atención se dividiera entre esos tres hechos, impidiendo que me focalizara y obsesionara sobre uno en concreto, hubiera preferido una única mala noticia.

Puede que penséis que me estoy pasando con el tono de dramatismo y fatalidad. Creedme, no es el caso. Por un momento, poneros en mi lugar. Es relativamente corriente que alguien traicione tu confianza. Lo es, también, que te rompan el corazón. Aunque en mi caso particular, nunca me había visto en esa situación, en el sentido de que era la primera vez que alguien me importaba hasta ese punto. Lo que ya no es tan frecuente, y os lo digo con las estadísticas en la mano, es que tu médico, con cierto pesar, te diga que hay algo que va mal dentro de ti. Nunca piensas que te va a tocar a ti, hasta que lo hace. Y, aun entonces, lo niegas con cada fibra de tu ser. No. No a mí.

Y esas dos relativamente frecuentes situaciones, unidas a la infrecuente, se dieron a la vez.

De natural introvertida, que prefiere lidiar con sus problemas en silencio, me di cuenta de que, si no quería hundirme más de lo que ya lo estaba, no iba a tener más alternativa que mirar a mi alrededor y buscar la boya en medio de la tormenta perfecta. La buena noticia es que encontré una veintena de ellas. Tomé la decisión de asirme a las manos que me estaban siendo tendidas y ayudarles en su afán de ponerme otra vez en pie. Dosifiqué la información. Nadie conocía la historia completa, tan solo fragmentos, más o menos grandes, de ella. Pero con lo que sí conocían, se pusieron manos a la obra.

Es por esto por lo que no puedo dejar de hablar de todas aquellas personas, mi familia, mis amigos, que fueron determinantes para que yo no solo fuera capaz de dejar agosto atrás y enfrentar septiembre, sino que sus constantes y desinteresados gestos de aliento, comprensión y apoyo me han traído hasta donde estoy hoy. Sabía que tenía una base muy sólida sobre la que apoyarme, pero nunca imaginé que llegaría a estos extremos.

Los últimos coletazos del fatídico agosto supusieron médicos, más médicos y pruebas. Conversaciones de tarde, mañana y noche; charlas de reflexión, de culpas, de rabia, de lágrimas mal disimuladas. Se diseñaron planes para afrontar septiembre y todo lo que este traía consigo. Pero, sobre todo, empecé la complicada tarea de hacer las paces, conmigo misma y con todo lo que había pasado. Tenía que asumir que no se trataba de un juego de culpas y que, simplemente, eran cosas que se escapaban a mi control. Empecé a curar mis heridas, en definitiva. A recolocar la carga sobre mis hombros de tal forma que no me aplastara hasta que llegara el momento en el que pudiera dejarla a un lado del camino.

Era hora de empezar a cerrar los frentes que tenía abiertos.

Llené el piso y, en el proceso, encontré a alguien que me escuchó cuando creía que le estaba gritando al vacío. Con ese asunto resuelto, y algo bueno e inesperado bajo el brazo, liberé una pequeña parte de ese peso que arrastraba conmigo.

El segundo frente me llevó más tiempo. Donde no tardé fue en percatarme de que había empezado a perderme a mí misma en julio. En mi infructuoso intento de evitar perder a la persona con la que estaba, fui yo quien se perdió. Me dejé a un lado, me fallé a mí misma. En septiembre me perdoné y me di una segunda oportunidad. Así que salí ahí fuera, en busca de aquellas cosas que otrora me habían llenado. Sin embargo, en mi fuero interno, sé que fue también un intento de distraerme, de buscar otros círculos distintos en una ciudad que sentía que me había dado la espalda. Por otro lado, tenía el convencimiento de que los malos sentimientos no iban a hacer que superar una ruptura de forma rápida y efectiva fuera más fácil. Lo enfoqué de la forma que consideré más sana y beneficiosa para mí y, la mayor parte del tiempo, lo conseguí. Además, decidí que quería conservar cierto grado de relación amigable con la otra persona. O, más bien, quería conservar a esa persona, que aún me seguía mereciendo la pena, sin salir escaldada en el proceso. Haré un avance rápido hasta hoy y os diré que, genuinamente, lo hice lo mejor que pude, actué como me pareció correcto en el momento, intentando tener en cuenta a todas las partes. Cómo salieron las cosas, es una historia para otro momento.

Para ahorraros el tedio de leer más párrafos que, en esencia, vienen a decir lo mismo que los anteriores, os diré que durante meses estuve haciendo malabares entre mi preocupación por mi salud, mis esfuerzos por conseguir un equilibrio con lo que os acabo de contar en el párrafo anterior, mantener un nivel óptimo de rendimiento trabajando y vivir, a fin de cuentas. Toda una odisea. Pero esta vez no estaba sola.

A principios de este mes empecé a ver la luz al final del túnel respecto al frente relativo a mi salud. Y aunque, irónicamente, me acarreó más ansiedad, angustia y preocupación que nunca, al menos mi médico me ofrecía una solución más o menos inmediata: cortar por lo sano. Literalmente. En pocas ocasiones he pasado tanto miedo como en los días previos a pasar por el quirófano. Todo lo que había estado manteniendo detrás de un dique de contención cuidadosamente construido, se liberó. Toda esa valentía fingida delante de mi familia, con el objetivo de ahorrarles la preocupación añadida de verme por los suelos, esa fachada, se empezó a resquebrajar. No era capaz de comunicar a mis amigos cercanos la angustia que sentía. Que, aunque mi parte racional y analítica sabía que todo iba a salir bien (probablemente), yo estaba paralizada. Mi suerte es que, de alguna manera, lo comprendieron. Y aún se me llenan los ojos de lágrimas al recordar cómo estuvieron ahí, cómo incluso vinieron desde lejos solo para que yo no estuviera sola. Lo fácil que me lo pusieron. En su mayoría. Tuve también un par de decepciones que, aunque me abrieron los ojos, no consiguieron empañar las buenas acciones del resto.

Y todo eso llegó. Y pasó. Y aquí estoy.

Hoy puedo decir que he dejado mi mochila de piedras a un lado del camino. Definitivamente.

En cierto modo, todo lo que he vivido me ha enseñado cosas sobre mí, sobre mi forma de afrontar determinadas situaciones, sobre las personas que me rodean. Lecciones buenas, lecciones malas. Sin embargo, no puedo proclamar a los cuatro tiempos que esté agradecida de haberlas recibido. El precio ha sido ridículamente alto. No puedo sacar un mensaje positivo de ello, no a costa de las malas experiencias. Sé que algún día encontraré un lugar (que no un sentido) para todo ese dolor, físico y emocional. Pero no hoy. Hoy estoy agradecida por toda la gente que estuvo a mi lado cuando más la necesitaba. Gracias. Gracias de todo corazón. También estoy orgullosa. De mí misma. Porque he vivido todo esto y a pesar de ello, sigo siendo yo. Sigo adelante. Al mismo tiempo, he resuelto dejar en este año que se acaba todo lo malo que ha pasado en él. Incluidas aquellas personas que, aun sin hacerlo intencionadamente, me restan más que me suman. Las tengo que dejar ir. No puedo hacerme eso a mí misma. Ya no. Y aunque me parte el alma tomar esta decisión, mi prioridad tengo que ser yo.

Así que adelante, nuevo año que entra, tráeme las dos buenas noticias que acompañen a la de haber restablecido mi equilibrio, mi salud. Quiero que cumplas tu “no hay dos sin tres”. Pero para bien, esta vez.

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