“The people in the trees” o La gente en los árboles, de Hanya Yanagihara.

A finales de septiembre decidí que era hora de recorrerme las librerías y comprarme un par de libros que añadir a mi siempre creciente lista de libros por leer. Una decisión lógica que no tenía nada que ver con la necesidad acuciante de hacer algo que me hiciera sentir bien y, de paso, ver si los Hados tenían preparada para mí alguna sorpresilla en forma de historia de esas que te quitan el aliento. Básicamente, y traducido a esta jerga inglesa que tanto estamos usando últimamente, me di a lo que se llama “comfort shopping”, porque un “treat yourself” de vez en cuando no hace daño a nadie. Heck yeah.

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Kudos a Sarah Andersen por representarnos a todos.

Mi intención inicial era ir en busca y captura de “Nación”, de Terry Pratchett, pero se hizo el huidizo y tuve que resignarme, no sin cierto placer, a la ardua tarea de rebuscar entre las estanterías hasta dar con el libro que más me convenciera. Ese libro resultó ser “The people in the trees” (traducido al español por Lumen, “La gente en los árboles”), de Hanya Yanagihara. Y de cara al #LeoAutorasOct, me vino que ni pintado. Así que, dentro reseña.

En 1950, Norton Perina, un joven médico recién graduado, se une a una expedición a una remota isla de Micronesia, Ivu’ivu, en busca de una misteriosa tribu. Allí comienza a investigar lo que lo llevará a ganar el Premio Nobel: la extraña longevidad de los isleños. Antes de regresar a Estados Unidos, decide adoptar a cuarenta niños nativos para rescatarlos de la pobreza. Pero en 1995, uno de sus hijos lo denuncia por abusos…

Mientras cumple condena, Perina, a instancias de su fiel colega Ronald Kubodera, escribe sus memorias con el fin de recuperar el prestigio perdido y demostrar su inocencia. Una historia llena de intriga sobre la ambición y la naturaleza humana en la voz de un narrador sospechoso que, como Humbert Humbert, desafía nuestro sentido de la ética.

Por dónde empezar. Antes de nada, tal vez debería poneros sobre aviso. Deciros que esta es la autora de “A Little Life” y que, en vistas de todo lo que se coció en él (aquí tenéis la reseña que hice en su momento), nadie podría esperar una historia tranquila en el que fue su primer libro, donde lo negro sea claramente negro; y lo blanco, blanco como la leche. Al revés, el abanico de grises, dobleces y zonas embarradas es tan amplio que, por muy rígida que sea tu ética y tu brújula moral, no vas a poder evitar el resbalón y costalazo posterior en algún momento de la narración. No, no es el objetivo de esta escritora dejarte emocionalmente intacta tras haber leído su historia. Y con todo ello contaba cuando empecé su lectura. No iba a dejarme indiferente (o eso esperaba yo, a falta de la prueba empírica).

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Right in the feelings, seguro.

Otra de las cosas que me llamaban la atención, y que acabó siendo la principal razón por la que me decanté por este libro en concreto, fue el hecho de que el protagonista o, más bien, el propio narrador, es un médico investigador ganador de un Premio Nobel de Medicina. Había recibido ese prestigioso galardón por haber descubierto, estudiando a los habitantes de una pequeña isla de Micronesia llamada Ivu’ivu, una enfermedad llamada Síndrome de Selene. Este síndrome parecía conferirles a dichos sujetos una inmortalidad física, en el sentido de que sus cuerpos dejaban de envejecer llegado un determinado momento. Como investigadora en el campo de la biomedicina, esto me llamó poderosamente la atención. Sobre todo, porque, aunque este libro se encuadra dentro del género de ficción, está muy, muy lejos de ser ciencia ficción. Y no sabía qué iba a hacer Yanagihara para solventar ese salto entre géneros sin pisar las fronteras que los separan. Otro elemento que añadirle a su atractivo es que la trama, contada en forma de autobiografía, surge de la necesidad de Perina de narrar su historia como defensa última frente a una serie de acusaciones de abusos sexuales a sus hijos adoptivos, cuando estos era aún niños pequeños. Diría que qué hay más actual que esto, pero supongo que estaría obviando una gran parte de la Historia.

Turbio, todo muy turbio, si queréis saber mi opinión.

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Por otro lado, el setenta por cierto de la narración es referente a la carrera de Perina. Esta no es simplemente una enumeración de los hitos profesionales que salpican su vida hasta el momento actual, sino que hay continuos incisos a sus relaciones personales, tanto en lo referente a su escasa familia, como a su relación con otros colegas científicos. El cómo trata y cómo percibe a la gente de su alrededor, pero especialmente a la gente nativa en Ivu’ivu. Las decisiones que toma y cómo las justifica. Y es aquí de donde sacas la información que necesitas saber sobre él. La que hace que lo que vas a leer en la última página y media del libro no te pille tan de sorpresa, aunque el regusto amargo te lo deje igual.

Ahora bien, ¿qué impresiones me llevo yo después de haber puesto punto final a la historia? Para empezar, un mal cuerpo intenso, de principio a fin. No me pidáis que señale qué es exactamente lo que hace a esta historia tan oscura, solo puedo referiros a otros posibles libros que hayáis leído, donde la atmósfera que rodea a la narración tiene un no-se-qué que no te deja tranquila. Es aprehensiva, viscosa, estremecedora. Aunque los hechos que se estén narrando no lo sean necesariamente. El hecho de que saca todos tus prejuicios y convenciones sociales interiorizadas a relucir, y cuando finalmente te das cuenta de lo que está pasando, te miras un tanto asqueado a ti misma. Aunque con un nivel de asco un tanto menor al que le dedicas a determinados personajes.

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Descripción gráfica de mis sentimientos.

Esta historia, aunque narrada con sencillez, te enreda. Y me gustan esas historias, no os lo voy a negar. Tienen ese punto de morbo que llama la atención. Te hace plantearte dónde están los límites. De todo. Sin olvidar mi recién descubierta debilidad por las historias de personajes. Y si a todo esto le sumas el misterio-que-no-lo-es-tanto de la inmortalidad, la genial documentación que hay detrás, y la belleza con la que está escrita la historia, pues lo bordas.

Y si bien es cierto que no creo que llegue a la altura de “A little life”, aunque sean difícilmente comparables, más allá de que estén escritos por la misma persona; es un muy buen libro. Pasen y vean la historia de los horrores creados y concebidos humanos.

Esto no ha hecho más que empezar.

¡Feliz sábado!

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