“Edén”, de Stanislaw Lem.

Siguiendo mi cruzada personal de leerme algunos (todos es tarea imposible, por mucho que me duela) de los libros de los grandes autores de ciencia ficción, más tarde o más temprano era inevitable que me topara con el gran maestro polaco, Stanislaw Lem. Llevaba ya un tiempo en busca y captura de Solaris, su gran obra maestra (adaptada al cine un par de veces, por si alguien siente curiosidad), aunque tampoco le hubiera hecho ascos a otros de sus libros, como Fiasco o Máscara, pero dada mi completa falta de resultados, tuve que conformarme con Edén.

Reconozco que, dicho así, da la sensación de que esta obra en particular de Lem no es nada del otro mundo, o que se encuentra entre sus “peores” novelas. No es el caso. Es cierto que mantener una producción literaria de alta calidad a lo largo del tiempo no es factible, somos humanos y constante no es un adjetivo que se nos aplique, pero cualquier cosa que este hombre creara iba ser más que aceptable. Y aquí encontramos a Edén.

    


Tras un accidentado aterrizaje en la superficie del planeta Edén, los seis miembros de la tripulación de una nave espacial consiguen tomar contacto con las criaturas que lo pueblan, sometidas, a su entender, a una tenebrosa tiranía. Pero como siempre que nos enfrentamos a otra cultura, a otra civilización, existen como mínimo dos posibles perspectivas, ambas igualmente válidas: la del que observa y la del que es observado. En esta novela Stanislaw Lem nos recuerda esta realidad tan elemental, como a menudo olvidada, dentro de un relato que desborda fantasía y en el que el autor polaco hace gala una vez más de su capacidad fabuladora y su dominio de los recursos literarios.


Una de las cosas más llamativas de la ciencia ficción es ver cómo cada autor aborda el mismo tema desde ángulos completamente diferentes. Uno de esos temas, que a mí siempre me ha fascinado y del que trataré de leer hasta la extenuación, es la vida extraterrestre (exista o no). Yo venía de leer Némesis, de Asimov, una novela casi desconocida porque, seamos francos, pudiendo leer otras cosas de este señor, para qué conformarse con la que menos éxito ha tenido. No me preguntéis por mis razones, pero la leí. Esta trataba también el tema de la posibilidad de vida alienígena, pero aludiendo a ella como un tipo de conciencia colectiva, formada por millones de entes que, por separado, apenas alcanzaban el suficiente grado de individualidad como para considerarlos seres inteligentes, pero que juntos conformaban algo completamente racional y pensante. La idea me gustó, pero Lem me ofreció en Edén una perspectiva más amplia, y más probable (si es que algo así tiene probabilidad) de ese encuentro nuestro con otros habitantes de las estrellas.

      

Con un estilo más depurado que el de Asimov, Lem te hace reflexionar sobre lo que supondría tal encuentro. Cómo, en un primer momento, el ser humano  no comprendería nada de lo que viera, y trataría por todos los medios de encajar su conocimiento terrestre y su lógica a un tipo de vida que no tiene por qué ser como la nuestra. En otras palabras, antropocentrismo puro y duro. Buscaríamos algún tipo de inteligencia en estos seres, una estructura social (que en este libro parece la de 1984, de Orwell), un pensamiento abstracto, una forma de comunicarse. Asumiríamos esa premisa que nos han enseñado desde siempre: que si hay agua, hay vida; y que esa vida, al tener el mismo origen que la terrestre, evolucionaría de forma similar hasta alcanzar el estadio en el que nosotros nos encontramos. Asumiríamos, también, que esos seres tendrán una fisiología comparable a la nuestra y que, por tanto, es órgano fundamental que es el cerebro, existiría también en ellos.

En resumidas cuentas, esta historia te obliga a pensar. Al estar narrada desde el punto de vista de los personajes, cuentas con la misma información de la que ellos disponen. Ni más, ni menos. Ves a través de sus ojos toda esa extraña civilización que habita el planeta Edén y no puedes dejar de hacer tus propias conjeturas a la vez que ellos hacen las suyas.  Ahora bien, en algo tengo que avisaros, la forma de escribir de Lem, en concreto sus descripciones, son confusas. Me ha costado horrores imaginar los paisajes, edificios y habitantes de Edén, y creedme, es importante que al menos tengáis una idea general de cómo son.

Edén

De todos modos, sostengo la teoría de que Lem lo hizo con toda la intención, para que fuéramos de verdad conscientes de que no es tan sencillo casar las imágenes mentales de nuestras construcciones con las suyas. También mucha de la terminología que usa, como la parte de ingeniería y mecánica del cohete, son un absoluto misterio para mí, no iniciada; o esa palabreja que es procústica, para referirse al sistema de gobierno. Pero, oye, tampoco creo que el no saber (todos podemos informarnos), dificulte su lectura.

Para terminar, voy a lanzar un dilema que se me plantea cada vez que veo o leo algo relacionado con vida alienígena. Hace poco vi la película “I Origins”, y usaron un símil para explicarlo que creo que lo deja muy claro: Los gusanos carecen del sentido de la vista, pero nosotros sabemos, porque podemos percibirlo, que están bañados en la luz del Sol. Ellos (si fueran seres inteligentes, obviously) ni siquiera se plantean su existencia, porque no tienen medio de hacerlo.

¿Y si nos estuviera pasando lo mismo a nosotros? ¿Cuántas cosas existen ahí fuera, de las que no somos conscientes, y nunca lo seremos, simplemente porque no estamos diseñados para ello?

¡Feliz primer lunes de septiembre!

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