El día en el que Ray Bradbury acertó.

Dentro del paraguas de la literatura de ficción, la ciencia ficción es la que más papeletas tiene para que, aquello que se diga entre las páginas del libro, pueda algún día llegar a hacerse realidad. Que le pregunten a Julio Verne si esa idea suya de que el hombre llegaría alguna vez a la Luna le parecía tan descabellada como algunos lo pintaron. No deja de resultar fascinante ver cómo la imaginación humana es capaz de tales cosas, de idear futuros años, siglos antes de que ocurran; dando así credibilidad a la frase de “si lo puedes imaginar, lo puedes crear“. Lo que ya no me parece tan fascinante, y que más bien recuerda a una historia de terror, es que ya no sea solo la ciencia ficción la que haya hablado de futuros probables y estos hayan acabado ocurriendo.

Todos conocemos a Ray Bradbury, nos hayamos leído sus libros o no. Este magnífico escritor, para nuestra desgracia, era uno de los agraciados con esta capacidad de ver el futuro. Una de sus frases más famosas decía lo siguiente: “No tienes que quemar libros para destruir una cultura, solo haz que la gente deje de leerlos“.

Hace un par de semanas ya (los exámenes no me han dejado tocar el blog, so sorry) me levanté para encontrarme casi de lleno en el mundo de Fahrenheit 451.

El CIS acababa de publicar su barómetro anual sobre los hábitos de lectura de los españoles (por llamarlos de algún modo, porque hábito ninguno) y los resultados no podían ser más descorazonadores: el 35% de los españoles no lee nunca o casi nunca, y los que lo hacen, no más de una media de 8,6 libros al año. En este último año, un 70% no ha comprado un libro ni ha ido a una biblioteca, y un 50% ha leído cuatro libros o menos. ¿Las razones? O bien no les gusta, no les interesa o no tienen tiempo.

Me horroriza pensar en cómo estará la situación dentro de diez años. No tengo claro quién tiene la culpa, si el gobierno por obligar a los libreros a poner semejantes precios; o nosotros, por haber creado durante estos últimos años una cultura donde leer se asocia a ser un marginado, un friki, un perdedor, que prefiere quedarse en casa a salir de fiesta.

A ese 35% de gente que no lee nunca y a ese 70% que no compra libros ni va a la biblioteca, querría decirles algo:

        

        

“Es como un iPad, solo que más grueso. Te entretiene durante horas. Son como pantallas individuales con palabras en ellas. Es como una película que tú diriges en tu propia cabeza.”

 

 

Además, ¿dónde si no encontraríamos estas historias?

 

Pero sobre todo, sobre todo, no nos olvidemos que los libros son nuestra cultura, nuestro pasado, nuestro conocimiento, nuestros recuerdos. Nuestra identidad.

 

¡Feliz martes!

 

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