“El Océano al Final del Camino”, de Neil Gaiman.

Creo que a estas alturas de la película, todo el mundo ha oído hablar de Neil Gaiman en algún momento. Bien porque conoce las películas Coraline y Stardust, o se ha leído alguno de sus libros (que tiene un buen puñado). En mi caso, y aunque me dé un poco de reparo reconocerlo, hasta hace un par de días, yo pertenecía al primer grupo. Solo había visto esas dos películas y aunque me picaba mucho la curiosidad por saber cómo serían los libros, no les había dado ninguna oportunidad.

Conocía de sobra los méritos de este autor (premios Hugo, Nébula, Locus y Bram Stoker) y había oído muy buenas críticas de libros como American Gods, Good Omens (escrito a cuatro manos con Terry Pratchett) o Los Hijos de Anansi. Digamos, entonces, que no tenía ninguna excusa para no haberlos añadido antes a mi pila de “leídos”. Pero entonces, vi en la biblioteca El Océano al Final del Camino, y no tuve las fuerzas para resistirme a sacarlo prestado.


 

-No sé. ¿Por qué crees que le tiene miedo a algo? Es una adulta, ¿no? Y los adultos y los monstruos no tienen miedo.

-Oh, los monstruos sí que tienen miedo -dijo Lettie-. Por eso son monstruos. Y en cuanto a los adultos… -Dejó de hablar y se frotó su pecosa nariz con un dedo-. Te voy a decir algo muy importante: por dentro, los adultos tampoco parecen adultos. Por fuera son grandes y desconsiderados y siempre parece que saben lo que hacen. Por dentro, siguen siendo exactamente igual que han sido siempre. Como cuando tenían tu edad. La verdad es que los adultos no existen. Ni uno solo, en todo el mundo. -Se quedó pensando un momento. Luego sonrió-. Solo mi abuela, claro está.


 

>> Hace cuarenta años, cuando nuestro narrador contaba apenas siete, el hombre que alquilaba la habitación sobrante en la casa familiar se suicidó dentro del coche de su padre, un acontecimiento que provocó que antiguos poderes dormidos cobraran vida y que criaturas de más allá de este mundo se liberaran. El horror, la amenaza, se congregan a partir de entonces para destruir a la familia del protagonista. Su única defensa la constituirán las tres mujeres que viven en la granja desvencijada al final del camino. La más joven de ellas, Lettie, afirma que el estanque es, en realidad, un océano. La mayor dice que recuerda el Big Bang. <<

Hechas las presentaciones, solo queda dar mi parecer sobre el asunto. Durante gran parte del libro, he estado aterrorizada y encantada a partes iguales. Aterrorizada porque no tenía ni idea de cómo iba a hacer una reseña de semejante historia, y encantada porque es una de las cosas mejor escritas que he leído en mucho tiempo.

Dejadme que os diga una cosa sobre Neil Gaiman: no sabéis lo que es verdaderamente tener imaginación hasta que leéis algo suyo (o, en su defecto, veis alguna de sus películas). El derroche de invención casi resulta insultante. Os pondré un ejemplo, para que visualicéis la extensión de mis afirmaciones. ¿Recordáis estos ejercicios que os mandaban hacer de niños, donde os daban un folio en blanco con un círculo en el medio, y teníais que pintarlo como os viniera en gana? Pues bien, los escritores con un nivel de imaginación alto/muy alto crean maravillas dentro de ese círculo, pequeñas obras de arte con un nivel de detalle increíble. Dentro de esos límites, son capaces de hacer cualquier cosa; y aunque a vosotros os parezca que lo hacen sin ton ni son, no olvidéis que todo está hecho bajo unos parámetros (en este caso, las líneas que delimitan el círculo) y tienen sus normas. Este tipo de escritores tienen un gran mérito, y leer sus historias es siempre un placer.

A otro nivel completamente distinto, tenemos a Gaiman, que aplica con mano de hierro la definición de imaginación y una de sus características inherentes: la ausencia total de barreras, de impedimentos. Su lema personal debe ser algo así como “si lo puedo imaginar, lo puedo crear“. Él no solo completa el círculo, sino que lo usa también como parte de otro gran decorado. La línea negra que delimita el círculo no existe. Pinta como si no existieran bordes, ni horizontales, ni verticales. Mezcla los colores de forma atrevida y crea formas que desafían tu comprensión.

Cuando estás completamente embebido en esta historia, tienes momentos de lucidez en los que piensas “qué leches está pasando aquí, llevo dos horas leyendo y es ahora cuando me planteo si algo de lo que hay aquí tiene realmente algún sentido“. ¿Cómo consigue que llegues a tal extremo? Imaginación, queridos amigos. Gaiman se pone en contacto con tu niño interior, y le proporciona todo tipo de herramientas y ninguna clase de normas. Así que sí, me lo he pasado como una enana leyendo este libro.

Supongo que la historia es una oda a la infancia y a la imaginación sin precedentes de los niños. A cómo los adultos, por mucho que lo intentemos, nunca podremos adentrarnos en la lógica de los más pequeños; llegando a los extremos de tratarlos mal por ese simple hecho. El Océano al Final del Camino está narrado por un niño de siete años, y es difícil captar la forma de hablar de los críos tal y como lo hace este escritor. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con tal cantidad de adjetivos, tan gráficos. Una oronda tetera, por poner un ejemplo. Adjetivos directos que no admiten más que una imagen en tu cabeza.

Sé que si tratara de encontrarle algún tipo de lógica a este libro acabaría con él. No necesita ningún tipo de explicación trascendental sobre el significado del universo y las miles de metáforas que se esconden tras las figuras de los personajes. Así que, simplemente, disfrutarlo. Ahí va mi 1o sobre 10. Os dejo el resto a vosotros 🙂

¡Feliz domingo!

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3 respuestas a “El Océano al Final del Camino”, de Neil Gaiman.

  1. Bu Device dijo:

    Me encantó este libro. Es una historia preciosa, contada maravillosamente y parece que te envuelve en su magia. No es mi preferido de Gaiman pero sí está muy arriba en el Top 🙂

    He encontrado varios libros que me gustan por aquí así que te sigo 🙂

  2. Pingback: ¿Qué he leído en 2014? | ¡Patasarriba, esto es un atraco!

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