¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!

Supongo que una de las peores cosas de hacerte mayor es ver como las personas se van.

Y no digo irse, de irse a vivir a otro lado o de perder amistades. Me refiero al tipo de partida para la que no existe regreso. Ese abandono que nunca es voluntario. Nunca nadie tiene la bondad de advertirte que, a medida que pasan los años, ese sentimiento de invencibilidad que acompaña siempre a la juventud, sufre duros reveses a lo largo del camino. Todo ser viviente, humano o no, sabe que al final le llegará su hora. No sabe cómo, ni cuándo, ni dónde. Pero lo sabe. Y es cuando alcanzas esa edad, en la que aún no eres considerado un adulto, pero tampoco un adolescente, cuando te caen los primeros mazazos. Puede ser un abuelo, un amigo cercano o, simplemente, algún ídolo o persona famosa.

Es este último caso del que quería hablaros. Hoy me he levantado con la noticia de que Robin Williams había muerto a sus 63 años. Y diréis, ¿por qué ahora? ¿Por qué decides ponerte a hacer homenajes a actores fallecidos, cuando a lo largo de los últimos años se han ido un buen puñado de ellos, de la misma o mayor relevancia pública? Pues veréis. Dejando a un lado la respuesta obvia de que era un gran intérprete, tengo que deciros que este señor, o más bien algunas de sus películas, me han acompañado durante toda mi vida. Y dichas películas se encuentran entre mis favoritas, sin ningún género de duda.

Cuando era niña, la manía de mis padres de que viera las películas en inglés subtitulado, me llevó a reírme como una loca con las ocurrencias del genio de Aladdín. Y, ¿adivináis quién estaba detrás del dibujo animado?

Años, bastantes años más tarde, cayó en mis manos, por pura casualidad, El Club de los Poetas Muertos. Esa joya cinematográfica que me hizo llorar como una descosida, y me llevó a odiar al mundo y a amarlo a partes iguales, durante varias horas después de haberla visto.

Por último, El Indomable Will Hunting. Esa maldita película está grabada a fuego en mi cabeza y, como la anterior, la habré visto miles de veces. Solo por el placer de los pequeños detalles.

Sé que Robin Williams hizo muchas otras películas. De comedia, de drama. Que nunca dejó indiferente a nadie. Me parecía injustificable, por tanto, no hacerle mi pequeño homenaje en mi rinconcito de la red. No un tuit, o un reblog o una entrada en Facebook. No. Era necesario algo de mi puño y letra (metafóricamente hablando, en este caso), que mostrara mi agradecimiento y me despedida a uno de los pocos actores que me ha visto crecer.

 

Hasta siempre, genio. Hasta siempre, Capitán.

 

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