¡Un brindis por las películas de animación!

Dije que nunca haría reseñas de películas y me mantengo en mis trece. Sé que estabais todos deseándolo (nótese la ironía), pero me niego. No quiero ser cruel y negaros semejante placer, pero de verdad que mi objetividad se ve siempre seriamente comprometida, y yo no escribo nada a no ser que sea de alta calidad (nótese la ironía 2.0). Digamos que las películas son mi “guilty pleasure”. Sí, lo reconozco. Mi afilado sentido crítico deja de ser tan crítico cuando me ponéis la pantalla grande delante. La película tiene que ser extremadamente mala (pero mala, malísima), para que yo quede descontenta. Con eso creo que lo digo todo.

Pero para escribir lo que quiero escribir hoy, necesito recurrir a las susodichas pelis. Hace un par de días fui con mis fellow companions del club de lectores a ver Cómo entrenar a tu dragón 2. Y, ¿adivináis cuál fue mi grado de satisfacción una vez llegamos a los créditos? ¡Premio para la señorita del fondo a la derecha! Exactamente. Alto. Muy alto. EXTREMADAMENTE ALTO. Tuve que verificar con el resto si era solamente cosa mía, o de verdad había sido tan fantástica como mi obnubilada mente (siempre quise usar ese adjetivo) me decía.

Y pensar que la chica que vendía las entradas nos miraba raro. Para empezar, ¿qué problema hay en que un puñado de veinteañeros se pasen a ver una película de animación? ¿Qué pasa, que en el momento en que algo deja de ser de carne y hueso ya no es apto para adultos? ¿Ya se considera demasiado infantil para nuestros desarrollados cerebros? Venga ya.

Afilemos nuestras plumas.

“Mis queridos adultos, o jóvenes que se creen adultos:

Tengo veinte años y me pirran las películas de animación.

En muchas ocasiones me habéis hecho sentir mal por el simple acto de ver las películas que veo. Habéis ridiculizado mis elecciones, achacándolo, en ocasiones, a mi falta de madurez. Os habéis reído al ver el entusiasmo con el que me refería a ellas. Y yo lo he consentido.

Pero eso se ha acabado. Con el tiempo, he comprendido que no rindo cuentas a nadie. Y que no estoy en disposición de negarme a mí misma los pequeños placeres que encuentro en mi camino.

Generalmente, después de este tipo de epifanías, suelo continuar con mi vida, sin la más mínima intención de haceros cambiar de opinión. Sin embargo, esta vez, he decidido regalaros un comentario. Gratis. No me deis las gracias.

Lo resumo. A grandes rasgos. MUY GRANDES. Las diferencias:

Películas de adultos: Sexo, drogas, rock n’ roll. Explosiones. Amor barato. Gritos.

Películas infantiles: Muertes profundamente desgarradoras. Momentos en los que te cuestionas tus valores. Humor. Alguna que otra broma que solo pillas una vez tienes cierta experiencia. El secreto del origen del maldito universo. Alguna explosión también.

No esperen que en un futuro cercano prescinda de estas últimas.

Un saludo.”

En resumidas cuentas, seguiré yendo a películas de animación hasta que me harte. Y eso no creo que pase nunca. He dicho.

Feliz día.

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