Réquiem por el romanticismo.

Hace un par de días terminé de leer “Anna y el beso francés” (del cual haré una reseña en cuanto pueda) y me reacción natural según cerré el libro fue mirar a mi alrededor. La historia me había enganchado tanto que llevaba el libro a todas partes, y justo terminé de leerlo en un banco, en la calle. Como os estaba diciendo, miré a mi alrededor, en busca de algo en concreto. Buscaba parejas. Parejas que se asemejaran a la que yo había encontrado en ese libro. Quería ver cómo andaban, el uno junto al otro, manos entrelazadas, caras giradas y sonrisas permanentes. Quería creer, casi con desesperación, que los grandes gestos románticos no habían muerto.

Porque, pensadlo con calma, ¿dónde quedó el romance? ¿El tira y afloja de no saber si es una paranoia tuya o realmente te está mandando señales? ¿Las mariposas en el estómago la primera vez que quedáis solos, los dos? ¿Las horas y horas al teléfono, alargando una conversación sólo para seguir oyendo su voz? ¿Los días de conocerse el uno al otro? ¿De saber qué cosas tenéis en común, qué cosas os entusiasman o, por el contrario, os hacen torcer el gesto? ¿Dónde están, dónde quedaron? Hoy día todo va cinco veces más rápido y, francamente, no sé qué ganamos con ello. La tecnología, el whatsapp, el móvil, los prejuicios; todo ello nos proporciona excusas para no hacer las cosas, o hacerlas al revés.

Hemos perdido la noción de lo que es amar, a base de usar la palabra vacía de significado. Romance no es el tiempo que pasas haciendo el amor, sino el tiempo en el que NO lo estás haciendo. Son largos paseos andando, en bicicleta, sin un rumbo fijo. Son pequeños gestos también, una caricia en la espalda, una palabra susurrada. Pero también grandes, grandes ideas que planificas con mucho detalle con el único fin de ver su cara de sorpresa. Puede ser una flor. Sí, una flor por cada día que pasáis juntos, porque cada día es un aniversario y cada día es importante. Romance son las discusiones, los pequeños choques, no ponerse de acuerdo. Y romance es ceder y perdonar. Compartir, entusiasmarte porque a esa otra persona le entusiasma, y a ti te entusiasma que él o ella se entusiasme. Un equilibrio, tu equilibrio, el suyo. El hacer las cosas sin pensar en lo que van a costar, porque ni siquiera te planteas que el esfuerzo no vaya a valer la pena. Escuchar, no esperar tu turno para hablar. Es mirar con atención, ser parte de su historia. Decir “te quiero” sin importar el momento, el lugar o quién más esté delante; sólo por el placer de ver a esa persona sonreír de medio lado, sonrojarse. Vaya, podría seguir eternamente dando razones.

¿Por qué huimos de algo así y lo transformamos en algo vulgar? Porque, francamente, a la pregunta que genera toda esta parrafada (¿dónde quedó el romance?) debo reconocer que la respuesta es más positiva de lo que parece. Con esto quiero decir, que no me parece que el romance se haya perdido en absoluto, aún existen baluartes que ni siquiera los más anti-romance podrán conquistar. Los libros, las películas, la música.

Si una sola persona es capaz de imaginar historias tan bellas, estas pueden llevarse a cabo. Y esa, es mi gran esperanza.

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