Podcasts Vol. I: “Revisionist History”, de Malcolm Gladwell.

Una conversación recurrente que he tenido con algunos de mis amigos a lo largo de los últimos años es que, a pesar de tener la voluntad activa de querer formarnos, de adquirir conocimientos más allá de los llamados “de cultura general”, no parecemos estar avanzando en la dirección correcta. Parafraseando, tenemos curiosidad por saber sobre todo un poco, ya sea arte, literatura, historia, política, filosofía o ciencia, pero, o bien no sabemos por dónde abordar cualquiera de esos temas, o bien no tenemos el tiempo suficiente como para poder dedicarlo a satisfacer esa curiosidad. En la mayoría de los casos, es una combinación a partes iguales de ambas cosas. Y es frustrante en grado sumo.

Resultado de imagen de frustrating gif

so frustrating

Una solución a medio camino, que no sustituye la de leer de todos esos temas, pero que, definitivamente, es un complemento excelente (desde mi humilde punto de vista), son los podcasts. Pequeñas píldoras de información en forma de episodios de radio de entre treinta, y cuarenta y cinco minutos que, si están bien hechos, pueden llegar a ser auténticas minas de oro. Te pones los cascos, y en ese periodo de tu casa al trabajo (por poner un ejemplo), vas absorbiendo información sin esfuerzo aparente. Sin embargo, de una forma similar a cuando busco libros o artículos sobre un tema determinado, no sabía por dónde empezar. Hay tantísima información que, en muchas ocasiones, resulta contraproducente. Te desanima antes de empezar. ¿Estaré leyendo o escuchando algo bien documentado, que explique con claridad y sea capaz de mantener tu atención? O, por el contrario ¿estaré perdiendo el tiempo?

En estos casos, lo mejor es el método ensayo/error dirigido. El hacer una búsqueda amplia en Internet e ir haciendo una criba desde ahí. O, mejor aún, aprovecharos de vuestros amigos. No tengáis vergüenza. ¿Qué escuchan ellos y qué opinión les merece ese podcast en concreto? Es probable que, tan solo por afinidad y gustos comunes, lo que ellos escuchan os guste también a vosotros. De hecho, así fue como yo llegué al primero de los podcasts de los que os quiero hablar, y que sirve de inauguración para una nueva sección: Podcasts (viva mi imaginación poniéndole nombre a las cosas).

Así pues, y sin más dilación, hablemos de Revisionist History”, de Malcolm Gladwell (Panoply).

Imagen relacionada

Voy a tener que adelantarme a algunos de vosotros, que estaréis leyendo el título y poniéndoos en sobre aviso, y con motivo. No, esta serie de podcasts no hace revisionismo histórico. O, al menos, no en el sentido peyorativo de la palabra. No busca, ni siquiera se acerca, a reescribir la Historia. Si escuchamos o leemos su descripción, esta estipula con mucha claridad: “Revisionist History will go back and reinterpret something from the past: an event, a person, an idea. Something overlooked. Something misunderstood”. Es decir, el foco de atención de Gladwell y su equipo se centra en llamarnos la atención sobre un evento, persona o idea del pasado, sí, pero también del presente. Hechos que la Historia, con mayúscula, ha pasado por alto, o sobre los cuales se ha depositado una capa de polvo tal, que es necesaria una limpieza inmediata.

Resultado de imagen de revisionist history

No hay ni un episodio igual. Eso sí, la estructura es casi siempre la misma: la llamada de atención sobre un hecho o personaje en concreto, un comentario más o menos extenso de sus peculiaridades y, acto seguido y sin ningún tipo de preámbulo, lo relaciona con algún hecho o situación del presente con el que, aparentemente, no tiene absolutamente nada en común. Aquí es donde salta la liebre y no puedes sino escuchar con inmensa fascinación cómo va tejiendo los puentes, las conexiones, entre ambos. Una y otra vez, la misma fórmula. Lo sabes, lo ves venir y, aun así, boqueas como pez fuera del agua cuando hace encajar la última pieza del puzle.

No hay un episodio igual. Puede que en un momento dado esté hablando de música, y cómo determinadas canciones maduran y se hacen mejores con el tiempo y las versiones que de ellas hacen. O tal vez, de cómo la calidad y variedad de la comida de según qué universidades americanas nos dice mucho sobre la inclusividad y prioridades de las mismas. Por qué Elvis no era capaz de cantar un fragmento de una de sus canciones. Y siguiendo con la psicología, por qué Churchill y, más concretamente, una de las personas que más admiraba, fueron los causantes indirectos de una de las hambrunas más críticas que sufrió la India el siglo pasado.

Imagen relacionada

Malcolm Gladwell es, cuanto menos, un tipo interesante.

En la variedad está el buen gusto, que suelen decir. Y si hacemos caso a esa máxima, Malcolm Gladwell tiene un gusto exquisito. El abanico de temas por los que se mueve y la facilidad con lo que lo hace es, cuanto menos, insultante. No creo que haya dejado títere con cabeza, en las tres temporadas que tiene Revisionist History. Y su buen hacer no acaba ahí, ni mucho menos. Este hombre, periodista de profesión (escritor, ensayista y sociólogo, también), es muy ducho en el arte de investigar y documentarse sobre el tema que tenga entre manos. Por no hablar de la profesionalidad a la hora de entrevistar a las personas involucradas en cada episodio, la habilidad a la hora de estructurar la información, su capacidad de comunicar exactamente lo que quiere comunicar, y el tener una voz hecha para la radio. Pero, sobre todo, la pasión que se deja entrever cada vez que se acerca el final del capítulo. Si la conclusión final a la que llega le resulta indignante, sorprendente o directamente esperpéntica, te lo hará saber. Con claridad meridiana.

Esa meticulosidad a la hora de transmitir su mensaje, tanto a nivel de contenido como de continente, es algo que hay que agradecer. Y admirar. Porque no solo te ha enseñado algo que no conocías, sino que, además, muy probablemente, prenda la llamita de la curiosidad en ti, y acabes investigando más sobre ese tema. Vaya, yo he acabado leyendo artículos y libros que nunca pensé que tendrían un interés para mí. Y todo porque un día me puse los cascos y presioné el “play”.

Resumiendo, si no tenéis miedo de escuchar podcasts en inglés, y buscáis algo variado y bien hecho, este es un buen sitio por el que empezar. Mientras, yo estaré a la espera de que salga la cuarta temporada.

¡Buen domingo, futuros (y actuales) oyentes!

Anuncios
Publicado en Podcasts, Reseñas | Etiquetado , , , | Deja un comentario

“Normal people”, de Sally Rooney.

Que levante la mano toda aquella persona que tiene sus estanterías llenas de libros que no ha leído. Ahora preguntaros la razón detrás de esa necesidad compulsiva de comprar, leer una mínima parte de lo que cogéis, acumular y repetir el ciclo. Dejando esa ansia capitalista a un lado, que se lleva la mayor parte de la culpa, mi excusa número dos es la famosa frase “no es el momento adecuado”. Quiero financiar una investigación científica que me dé la razón lógica y demostrada de por qué mis tripas nunca fallan.

No deja de resultarme curioso, esa situación de ponerme delante de la estantería, echar una ojeada a todo lo que tengo pendiente de leer y, sin saber siquiera de qué va el libro (o teniendo una noción meramente superficial de su trama), decir que “ninguno me llama la atención”. No tengo ninguna razón fundamentada que sostenga mi afirmación, pero al mismo tiempo, estoy completamente convencida de la veracidad de mis palabras. Llamadlo intuición. Y, oye, que no falla nunca.

Cuando, por fin, señalo con el dedo el lomo del agraciado y empiezo a leer, y sigo leyendo, y lo termino, siempre digo “¿cómo es posible que, en mi fuero interno, supiera que este libro tenía que leerlo precisamente ahora, y no hace tres meses, cuando lo compré?”. Y, aunque bien es cierto que no me ocurre con todos los títulos que, de una forma u otra, acaban en mi poder, aquellos que sí que cumplen determinadas características (véase: los he elegido yo, no son “ligeros”, en el sentido de que tratan algún que otro tema sensible o controvertido, llevan más de tres/cuatro meses en lista de espera), tienen un acierto del cien por cien. Ya quisiera yo para mí esa reproducibilidad en el laboratorio, demonios.

Resultado de imagen de choosing a book gif

Ahora bien, ¿por qué digo que los he leído en el momento adecuado? Una vez más, no busquéis una explicación que se ajuste a algo remotamente lógico. Sin embargo, aquí existe una tendencia: todas y cada una de las historias que he leído en estas circunstancias tenían algún componente, ya fuera de trama, personaje o escenario, que se asemejaba a mi vida en el momento de leerlas, o en un pasado, ya fuera reciente o lejano. Fueron (y son) historias que me ayudaron, me reconfortaron, me hicieron entender y me permitieron seguir adelante. No es que fueran libros necesariamente optimistas, que me devolvieran la fe en el mundo y la gente que lo habita, sino que, simplemente, me hicieron sentir menos sola. Me aseguraron que lo que me había ocurrido no era exclusivo a mi persona. En definitiva, me ofrecieron comprensión, solaz y perspectiva.

Y, efectivamente, “Normal people”, de Sally Rooney, es uno de estos libros atípicos que le gustan a mis tripas ggrrrr.

Imagen relacionada

Connell y Marianne han crecido en la misma pequeña ciudad rural de Irlanda. Las similitudes, sin embargo, acaban ahí, puesto que provienen de mundos muy distintos. Cuando los dos consiguen un plaza en el Trinity College, en Dublín, la conexión que ha ido creciendo entre los dos se extenderá en los años venideros.

Esta es una exquisita historia de amor sobre cómo una persona puede cambiar la vida de otra; una simple pero profunda toma de conciencia que se desplegará de una bonita forma a lo largo de la novela. Esta nos cuenta sobre lo difícil que es hablar sobre cómo nos sentimos y nos habla, también, sobre los ciclos de dominancia, legitimidad y privilegio.

qué difícil es traducir

Antes de nada, me veo en la obligación de aseguraros que no es una historia de amor. O, al menos, no es una historia de amor al uso. Esto suena a sinopsis facilona, soy consciente, pero espero aclarar esta cuestión más adelante. Por lo pronto, quería asegurarme de hacer llegar a aquellas personas que no están (o estaban, como era mi caso) en disposición de leer nada remotamente romántico, que se despreocupen. Este libro bien merece la pena ese salto de fe.

Como acertadamente señala la sinopsis, esta historia narra la relación entre Marianne y Connell, dos personas provenientes de ambientes muy distintos, desde el instituto hasta que acaban la universidad. Como ya he señalado con anterioridad en reseñas de otros libros, esta es una historia que se engloba dentro de lo que son las historias de personajes. No hay una trama de por sí, no hay giros argumentales, no hay una introducción-cuerpo/conflicto-desenlace, tan solo la evolución de esa relación. Cómo cambia a lo largo de los años, pero esencialmente sigue siendo la misma. Cómo giran ambos personajes alrededor de ese centro de gravedad, y cómo reaccionan a ella según maduran y se redescubren a sí mismos.

Imagen prestada de left-handlibrary

Esta premisa no es nada nuevo. Como esta, hay miles de historias. ¿Qué es lo que la hace diferente, pues? ¿Por qué estuvo nominada al prestigioso premio Man Booker? ¿Por qué está tan de moda ahora, su portada verde pistacho por todos lados?

Hace poco escuchaba un podcast que, entre otras cosas, hablaba de la música country. Señalaba cómo sus letras son puramente emocionales. En este género musical, casi no se habla de otra cosa que no sean las relaciones humanas, en todas sus formas y colores; y en un porcentaje muy alto de casos, te hacen llorar. O, como mínimo, te provocan una respuesta emocional, ya sea trayéndote a la mente algún recuerdo en particular o arrancándote un buen suspiro. Que no te dejan indiferentes, vamos. ¿La explicación? Son diametralmente opuestas a la música pop en que no son nada generalistas. Es decir, parafraseando, son extremadamente concretas en lo que narran. Y es precisamente ese dar detalles lo que hace que rompamos diques. Tenemos esa tendencia a agarrarnos como a un clavo ardiendo a cualquier narración que se asemeje, aunque sea remotamente, a la nuestra propia. Nos buscamos, constantemente, en las historias que escuchamos. O leemos. Somos seres diseñados para comparar, para detectar patrones, paralelismos o conexiones. Dame concreción y me cuajo en un plisplás.

Resultado de imagen de crying gif

Actual footage of my softie a**

La historia de Marianne y Connell es una historia universal, sí, pero altamente específica, adecuada a su situación y sus respectivas personalidades. Inevitablemente, yo me he buscado y me he encontrado entre sus líneas. De una manera desconcertante, además. Decisiones que toman, uno y otro, las he tomado yo. Decisiones y acciones que no tienen ningún tipo de lógica, además, pero que surgen como respuesta a estímulos y situaciones similares. Ha habido momentos donde, verdaderamente, he entendido el desencadenante de algún comportamiento mío que solo puedo calificar de estúpido, tan solo por analogía con lo que estaba leyendo. Y lo mismo para comportamientos ajenos, de personas de mi entorno. Rooney apela a nuestra dualidad, a esta naturaleza nuestra donde proclamamos nuestra racionalidad, al mismo tiempo que enarbolamos instintos que no son nada lógicos.

El atractivo de la novela no acaba ahí. Rooney escribe de una forma dinámica, muy, muy amena, con capítulos cortos y cambiando la voz narrativa de Marianne a Connell constantemente. Tal vez, la única pega que le pondría son los saltos temporales. Hay momentos en los que no sabes muy bien a qué momento se está refiriendo, aunque bien es cierto que te encuentras rápido. Sorprende, también, la capacidad para crear personajes. Con cuatro pinceladas rápidas sabes quién es quién, dándoles una profundidad que evolucionará según pasan las páginas.

Imagen relacionada

En resumidas cuentas, y para terminar, haciendo referencia a lo que comentaba en la introducción de esta reseña, sobre el momento adecuado de leer según qué libros, puedo decir que lo cogí en el mejor momento. Y me alegro infinitamente de haberlo hecho. Para mí, este libro representa todo lo que fue, y todo lo que pudo ser, pero que al final no fue.

Desde aquí, os animo a que le deis una oportunidad. Os puedo asegurar que, aunque alguna que otra cosa os resultará completamente foránea, incómoda incluso, habrá momentos en los cuales os parecerá veros reflejados en uno u otro personaje, o incluso en los dos.

Y, al final, ¿no es por eso por lo que leemos?

 

¡Hasta la próxima, gente normal!

PD. Aviso para navegantes, hasta donde yo sé (lo que dice Goodreads el Omnisciente, más bien) no existe traducción en español. Aunque estoy segura de que estará al caer.

Publicado en Literatura, Reseñas | Etiquetado , , , | Deja un comentario

On the art of letting go.

Cuenta el dicho que no hay dos sin tres. Es una advertencia surgida de la experiencia, de pruebas fehacientes, de hechos repetidos una y otra y otra vez. Empirismo, si queréis. Y así como cuando llega el hecho número dos puedes decir con cierto grado de seguridad que el tercero estará el caer, esa probabilidad disminuye cuando se da el primer hecho. Pero, ay, no tenemos manera de saber cuándo ocurrirá este último.

Hace cinco meses llamó a mi puerta la primera mala noticia. Acusé el golpe sin pararme a pensar, o siquiera sospechar, que nada de características similares fuera a seguirlo. Pero lo hizo, vaya que si lo hizo. Acto seguido, sin solución de continuidad, la segunda mala noticia hizo acto de presencia. El dos sin tres empezaba a pesar sobre mí como un mal augurio, y el vivir en tensión continua, mirando dos veces antes de cruzar, se convirtió en rutina. No creo que haga falta decir que, a pesar de que afiancé los dos pies con toda la seguridad que pude reunir, la tercera mala noticia me barrió como una hoja recién desprendida del árbol. Y como una hoja me vi a merced de los vientos huracanados que se desataron cuando, por fin, las tres hicieron acto de presencia en mi vida.

Ahora que ya conocéis el continente del problema, es hora de que os liste el contenido. Cuáles fueron esas tres malas noticias que te dejaron doblada, boqueando y en busca de un asidero para no caer, os estaréis preguntando. Contextualizaré, pues: el primero de los percances, en orden cronológico, está relacionado con la persona que iba a vivir conmigo. Cuando todo estaba atado y asentado, cambió de planes y me dejó sola con algo más que un piso que llenar. Escasos días después, y tras dos semanas preparando el terreno y haciendo estragos en mi estado emocional, me rompieron el corazón. Para entonces, la sensación de que el universo me estaba dando la espalda crecía a pasos agigantados. Pasada una semana me di cuenta de que esa sensación era errónea. El universo me estaba mirando fijamente a los ojos, como queriendo que fuera consciente de que el golpe de gracia estaba al caer. Efectivamente, en un giro argumental difícil de prever, cuando aún estaba recogiendo los pedazos, me diagnosticaron con algo potencialmente peligroso para mi salud.

No se puede negar la belleza perversa de cómo se desencadenaron los acontecimientos. La maestría a la hora de reducir a escombros amistad, amor y salud, en un momento en el cual me encontraba sola. Sola en una ciudad extraña, lejos de mi hogar, sin nadie con quien compartir el peso que se había instalado sobre mis hombros y que amenazaba con aplastarme. Inevitablemente, me ahogó. Lidiar con las tres cosas a la vez supuso más de lo que yo era capaz de gestionar. A mediados de agosto, cuando la ola tocó tierra, ya no tenía fuerzas para llorar. Mi única vía para liberar toda la presión acumulada, anulada antes siquiera de empezar. Malditas sean esas dos primeras semanas de verano. Debido a ellas, me encontré sin armas cuando llegó la artillería pesada.

A día de hoy, no tengo un recuerdo claro de cómo llegué a septiembre, aunque los ecos de todo ese dolor me siguen persiguiendo. Fogonazos de desaliento, de pesar. Preocupación, una sensación de inevitabilidad, de por qué a mí. De vacío. Emocionalmente, colapsé sobre mí misma. Y aunque, en retrospectiva, me doy cuenta de que tal vez fuera una especie de retorcida bendición el hecho de que mi atención se dividiera entre esos tres hechos, impidiendo que me focalizara y obsesionara sobre uno en concreto, hubiera preferido una única mala noticia.

Puede que penséis que me estoy pasando con el tono de dramatismo y fatalidad. Creedme, no es el caso. Por un momento, poneros en mi lugar. Es relativamente corriente que alguien traicione tu confianza. Lo es, también, que te rompan el corazón. Aunque en mi caso particular, nunca me había visto en esa situación, en el sentido de que era la primera vez que alguien me importaba hasta ese punto. Lo que ya no es tan frecuente, y os lo digo con las estadísticas en la mano, es que tu médico, con cierto pesar, te diga que hay algo que va mal dentro de ti. Nunca piensas que te va a tocar a ti, hasta que lo hace. Y, aun entonces, lo niegas con cada fibra de tu ser. No. No a mí.

Y esas dos relativamente frecuentes situaciones, unidas a la infrecuente, se dieron a la vez.

De natural introvertida, que prefiere lidiar con sus problemas en silencio, me di cuenta de que, si no quería hundirme más de lo que ya lo estaba, no iba a tener más alternativa que mirar a mi alrededor y buscar la boya en medio de la tormenta perfecta. La buena noticia es que encontré una veintena de ellas. Tomé la decisión de asirme a las manos que me estaban siendo tendidas y ayudarles en su afán de ponerme otra vez en pie. Dosifiqué la información. Nadie conocía la historia completa, tan solo fragmentos, más o menos grandes, de ella. Pero con lo que sí conocían, se pusieron manos a la obra.

Es por esto por lo que no puedo dejar de hablar de todas aquellas personas, mi familia, mis amigos, que fueron determinantes para que yo no solo fuera capaz de dejar agosto atrás y enfrentar septiembre, sino que sus constantes y desinteresados gestos de aliento, comprensión y apoyo me han traído hasta donde estoy hoy. Sabía que tenía una base muy sólida sobre la que apoyarme, pero nunca imaginé que llegaría a estos extremos.

Los últimos coletazos del fatídico agosto supusieron médicos, más médicos y pruebas. Conversaciones de tarde, mañana y noche; charlas de reflexión, de culpas, de rabia, de lágrimas mal disimuladas. Se diseñaron planes para afrontar septiembre y todo lo que este traía consigo. Pero, sobre todo, empecé la complicada tarea de hacer las paces, conmigo misma y con todo lo que había pasado. Tenía que asumir que no se trataba de un juego de culpas y que, simplemente, eran cosas que se escapaban a mi control. Empecé a curar mis heridas, en definitiva. A recolocar la carga sobre mis hombros de tal forma que no me aplastara hasta que llegara el momento en el que pudiera dejarla a un lado del camino.

Era hora de empezar a cerrar los frentes que tenía abiertos.

Llené el piso y, en el proceso, encontré a alguien que me escuchó cuando creía que le estaba gritando al vacío. Con ese asunto resuelto, y algo bueno e inesperado bajo el brazo, liberé una pequeña parte de ese peso que arrastraba conmigo.

El segundo frente me llevó más tiempo. Donde no tardé fue en percatarme de que había empezado a perderme a mí misma en julio. En mi infructuoso intento de evitar perder a la persona con la que estaba, fui yo quien se perdió. Me dejé a un lado, me fallé a mí misma. En septiembre me perdoné y me di una segunda oportunidad. Así que salí ahí fuera, en busca de aquellas cosas que otrora me habían llenado. Sin embargo, en mi fuero interno, sé que fue también un intento de distraerme, de buscar otros círculos distintos en una ciudad que sentía que me había dado la espalda. Por otro lado, tenía el convencimiento de que los malos sentimientos no iban a hacer que superar una ruptura de forma rápida y efectiva fuera más fácil. Lo enfoqué de la forma que consideré más sana y beneficiosa para mí y, la mayor parte del tiempo, lo conseguí. Además, decidí que quería conservar cierto grado de relación amigable con la otra persona. O, más bien, quería conservar a esa persona, que aún me seguía mereciendo la pena, sin salir escaldada en el proceso. Haré un avance rápido hasta hoy y os diré que, genuinamente, lo hice lo mejor que pude, actué como me pareció correcto en el momento, intentando tener en cuenta a todas las partes. Cómo salieron las cosas, es una historia para otro momento.

Para ahorraros el tedio de leer más párrafos que, en esencia, vienen a decir lo mismo que los anteriores, os diré que durante meses estuve haciendo malabares entre mi preocupación por mi salud, mis esfuerzos por conseguir un equilibrio con lo que os acabo de contar en el párrafo anterior, mantener un nivel óptimo de rendimiento trabajando y vivir, a fin de cuentas. Toda una odisea. Pero esta vez no estaba sola.

A principios de este mes empecé a ver la luz al final del túnel respecto al frente relativo a mi salud. Y aunque, irónicamente, me acarreó más ansiedad, angustia y preocupación que nunca, al menos mi médico me ofrecía una solución más o menos inmediata: cortar por lo sano. Literalmente. En pocas ocasiones he pasado tanto miedo como en los días previos a pasar por el quirófano. Todo lo que había estado manteniendo detrás de un dique de contención cuidadosamente construido, se liberó. Toda esa valentía fingida delante de mi familia, con el objetivo de ahorrarles la preocupación añadida de verme por los suelos, esa fachada, se empezó a resquebrajar. No era capaz de comunicar a mis amigos cercanos la angustia que sentía. Que, aunque mi parte racional y analítica sabía que todo iba a salir bien (probablemente), yo estaba paralizada. Mi suerte es que, de alguna manera, lo comprendieron. Y aún se me llenan los ojos de lágrimas al recordar cómo estuvieron ahí, cómo incluso vinieron desde lejos solo para que yo no estuviera sola. Lo fácil que me lo pusieron. En su mayoría. Tuve también un par de decepciones que, aunque me abrieron los ojos, no consiguieron empañar las buenas acciones del resto.

Y todo eso llegó. Y pasó. Y aquí estoy.

Hoy puedo decir que he dejado mi mochila de piedras a un lado del camino. Definitivamente.

En cierto modo, todo lo que he vivido me ha enseñado cosas sobre mí, sobre mi forma de afrontar determinadas situaciones, sobre las personas que me rodean. Lecciones buenas, lecciones malas. Sin embargo, no puedo proclamar a los cuatro tiempos que esté agradecida de haberlas recibido. El precio ha sido ridículamente alto. No puedo sacar un mensaje positivo de ello, no a costa de las malas experiencias. Sé que algún día encontraré un lugar (que no un sentido) para todo ese dolor, físico y emocional. Pero no hoy. Hoy estoy agradecida por toda la gente que estuvo a mi lado cuando más la necesitaba. Gracias. Gracias de todo corazón. También estoy orgullosa. De mí misma. Porque he vivido todo esto y a pesar de ello, sigo siendo yo. Sigo adelante. Al mismo tiempo, he resuelto dejar en este año que se acaba todo lo malo que ha pasado en él. Incluidas aquellas personas que, aun sin hacerlo intencionadamente, me restan más que me suman. Las tengo que dejar ir. No puedo hacerme eso a mí misma. Ya no. Y aunque me parte el alma tomar esta decisión, mi prioridad tengo que ser yo.

Así que adelante, nuevo año que entra, tráeme las dos buenas noticias que acompañen a la de haber restablecido mi equilibrio, mi salud. Quiero que cumplas tu “no hay dos sin tres”. Pero para bien, esta vez.

Publicado en Cosas que a veces escribo | Etiquetado , , | Deja un comentario

“La ciudad de las sombras”, de Victoria Álvarez.

Hay un par de cosas que saltan rápidamente a la vista si echáis una ojeada a lo que publico en este blog, dentro de lo que son las reseñas y la literatura, y es que no hay mucho de autor/a español/a, y que en los últimos tiempos la literatura juvenil me tiene seriamente decepcionada. Respecto a lo primero, la culpa es enteramente mía. Al igual que me puse concienzudamente a leer a autoras, haciendo ese esfuerzo consciente, algo similar debería hacer con todo el talento nacional que tenemos dentro de la literatura de género en España. Porque lo hay, a raudales. Y aunque este año, gracias a las editoriales Cerbero y Nocturna, además de la ración anual de Festival Celsius, he leído a escritoras y escritores españoles, aún me queda un largo camino por recorrer.

En cuanto a mi desencanto con la literatura juvenil, mi teoría radica en que no es que no haya historias dentro del paraguas del juvenil que merezcan la pena, sino que el mercado editorial prefiere vender la misma historia una y otra vez. Repetir la fórmula de éxito hasta que acabemos todos con un empacho generalizado. Ah, y si ha sido un éxito de ventas en EEUU, puntos extra.

Resultado de imagen de fantasy young adult books

Y aquí es donde llega una de mis últimas salvaciones, que me permite redimirme de lo primero y no perder la fe en el género, todo en uno. Aquí llegó Victoria Álvarez, con fanfarrias y en caballo blanco. Como comentario previo, y para que entendáis por qué digo lo que digo, tened en mente que yo solo me había leído un libro suyo previamente, “Hojas de dedalera”. El primero que publicó. Ahora, al lío.

En 1923, Helena Lennox tiene diecisiete años y un único deseo: sustituir las calles de Londres por una vida de aventuras y excavaciones en tierras lejanas. En consecuencia, cuando sus padres se marchan a la India para investigar la desaparición de unos arqueólogos, ella decide acompañarlos… unos días después y a escondidas.
Son muchas las leyendas que circulan en torno a la ciudad fantasma de Bhangarh, pero Helena nunca ha creído en las supersticiones. No obstante, el príncipe Arshad de Jaipur (sí, ese que odia a los ingleses) le insiste en que se equivoca: Bhangarh está maldita y al anochecer, cuando el palacio real se tiñe de oscuridad, todo el que se adentra en sus muros desaparece sin dejar rastro.
En su recorrido por la exótica India de los años veinte, Helena se ve envuelta en una investigación en la que solo una verdad parece salir constantemente a la luz: nadie regresa de la ciudad de las sombras.

Me vais a tener que perdonar, pero aún sigo extasiada con este libro. Cuando eres una lectora avezada, como quiero creer que lo soy yo, empiezas a ver lo que es el esqueleto de las historias, y cómo se ha ido hilando la trama para crear el entramado final que es el producto que tienes entre las manos. Y creedme cuando os digo que no recuerdo haber leído nunca una historia tan bien estructurada, donde no sobra absolutamente nada. Nada. Todo tiene un sentido y una función. El único adjetivo que se me viene a la cabeza para hacerle justicia a este trabajo de ingeniería es el de “limpio”. Pulcro, extremadamente bien cuidado, primoroso, hecho con mimo. Podría seguir con la lista de sinónimos. El trabajo de una persona perfeccionista, eso salta a la vista. Un auténtico gustazo de leer. Y tengo que reconoceros que mi sorpresa fue mayúscula, puesto que mi vara de medir, lo único con lo que podía comparar a esta historia, su primer libro, “Hojas de dedalera”, es diametralmente opuesto. No es que sea un mal libro, pero es caótico y palidece en comparación con “La ciudad de las sombras”. En él prima la descripción descontrolada sobre el orden lógico de la trama y la voz de los personajes. Y no me oiréis quejarme de las descripciones extensas o de los párrafos que, aun sin aportar nada a la trama, son estéticamente preciosos. Así que sí, se habla mucho de la evolución de los personajes en las historias, pero me gustaría romper una lanza por el crecimiento de los escritores a medida que escriben y publican nuevos libros.

Situada en la India de principios del siglo pasado, esta historia de aventuras te catapulta de lleno en la sociedad, tanto inglesa como india, de la época. La rebelde y cabezota Helena Lennox (pero con una cantidad ingente de recursos a la hora de solventar problemas) decide, sin darle excesivas vueltas, lanzarse en persecución de sus padres, que han embarcado rumbo a este exótico país con el objetivo de resolver dos misterios en uno: la desaparición de dos arqueólogos en una ciudad abandonada, de la que se dice contiene tesoros largamente olvidados. Ah, y que está maldita. Durante sus peripecias, Helena chocará de frente con un tal Arshad Singh, príncipe de Jaipur, al que la mera mención de los ingleses le provoca una indigestión que le dura semanas. ¿Se huele un shippeo? Se huele un shippeo. ¿Tenemos el OTP del año? Tenemos el OTP del año. *cof cof* Harshad *cof cof*.

Arshad y Helena
Arshad y Helena, muy cucos ellos. Ilustración de Lehanan Aida.

Para no boicotearos la trama más de lo necesario, os diré que este libro tiene todos los elementos que caracterizan a una buena historia de aventuras. Un ritmo trepidante, personajes que te gustaría adoptar y/o estrangular, misterio, giros argumentales que te sacarán algún gritito de sorpresa, y una ambientación que casi, casi consigue que saborees las especias con las que tanto afán cocinan en la India. Ah, y esto me lleva a comentar (brevemente) la admirable y extensa labor de documentación que se atisba entre todos esos nombres de comidas y especias indias. De los mitos y el sistema de castas. De las localizaciones y las costumbres. Es realmente un placer leer un libro tan redondo.

Personajes La ciudad de las sombras
Ilustraciones varias de los personajes, de Lehanan Aida.

Hasta que pueda echarle la zarpa a la segunda parte de esta trilogía (“El príncipe de los prodigios”, también de la editorial Nocturna), me encontraréis sentada, con cara de pánfila, soñando despierta con comida india, y unos ojos verdes enmarcados por unos rizos oscuros.

¡Feliz Navidad!

Publicado en Reseñas | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

“Si esto es un hombre”, de Primo Levi.

Uno de mis pensamientos recurrentes mientras leía este libro era “cómo narices voy a hacer una reseña de esto”, al mismo tiempo que pensaba “me siento en la obligación moral de hacerla”. Y aquí estoy, en la peliaguda empresa de escribir una reseña de un libro imposible de reseñar. O al menos, no como se haría una reseña al uso. Porque, pensadlo detenidamente, ¿qué tipo de crítica se puede hacer? Nada relativo a la historia en sí; aunque, tal vez, se pueda hacer alguna mención al estilo en el que está escrita.

Resultado de imagen de si esto es un hombre

Primo Levi.

De la forma que sea, lo que Primo Levi narra durante doscientas páginas es un horror difícilmente descriptible. Creo que la mejor forma de abordar mis impresiones es contaros, en primer lugar, las condiciones, en cuanto a conocimiento se refiere, con las que yo partía en el momento de abrir el libro. Todos conocemos las abominaciones que los nazis practicaban en los Lager, en los campos de concentración y en los campos de trabajo. Sabemos de las cámaras de gas, los hornos crematorios, las condiciones de trabajo, los experimentos practicados sobre las minorías que se llevaron la peor parte (judíos, gitanos, homosexuales…). Puede que algunos de vosotros, como yo, hayáis estado en algún campo de concentración, o museo o hayáis visto algún documental sobre ello. En definitiva, sabéis lo que ocurrió, cómo ocurrió y dónde. El por qué ocurrió, sin embargo, es algo que nunca podremos explicar.

Resultado de imagen de primo levi se questo è un uomo

Y aquí es donde entra Levi y su narración, donde solo se habla de pasada de esas monstruosidades perpetradas en nombre de creencias imposibles de justificar. Levi fue prisionero en Auschwitz, más concretamente, en Monowitz, un campo de trabajo dependiente de ese primero. Y era eso, un campo de trabajo. Las condiciones físicas de trabajo a las que le sometieron a él y a otros cientos de miles de personas eran inhumanas, sí, y se asegura de que así lo sintamos. El hambre, el frío, la enfermedad. Palabras que cobran un significado completamente distinto en la Polonia profunda, en especial en invierno.

Resultado de imagen de si esto es un hombre

The infamous entrance.

Toda esta descripción de la penuria física a la que fueron sometidos es una parte imprescindible para comprender lo que allí estaba ocurriendo, pero de ninguna manera es la única, como tampoco explica totalmente lo que supuso el nazismo para esta gente. La clave está en el título. Si esto es un hombre. Levi no estaba más que refiriéndose a sí mismo, y a todos aquellos con él, durante ese año y poco que pasó en el Lager. Tal vez la mayor abominación que llevaron a cabo todos esos agentes de las SS fuera despojarles, sistemática y completamente, de su humanidad. De aquello que nos hace personas. Y no lo hicieron de la escabrosa manera en la que ponían punto final a sus vidas, no. Esta deshumanización tenía lugar a muy pequeña escala, en los detalles tales como la ropa, los zapatos, las escudillas. La forma en la que les obligaban a sobrevivir e, incluso, a interactuar entre ellos. Este libro, en esencia, es un retrato de la naturaleza humana llevada a extremos inimaginables. Literalmente inimaginables. El fascismo despojó, no solo de su vida, sino también de su humanidad, a millones de personas. Y nadie fue capaz de preverlo.

Una de las cosas que más me llamó la atención mientras leía fue que, a pesar de las vívidas imágenes que Primo Levi transmite en su narración, en ningún momento emite ningún tipo de juicio respecto a los alemanes, tanto de aquellos que formaron parte activamente de esa maquinaria de opresión y asesinato, como de los que sabían y no movieron un dedo, o directamente no quisieron saber. “Si esto es un hombre” es un testimonio. Los jueces somos nosotros. Levi empezó a concebir, e incluso a escribir, su historia estando todavía prisionero. Sentía esa necesidad imperiosa de que el mundo supiera de lo ocurrido. Curioso, aunque totalmente comprensible, que nadie prestara atención a este libro hasta pasada más de una década. Pasado el tiempo de olvidar, resurgió la necesidad de recordar con carácter preventivo. Para nosotros, actualmente, su testimonio corresponde a la Historia. Con mayúscula. Nos resulta lejano, ajeno a nuestra realidad.

¿O no?

Hay un párrafo, hacia el final, que me hizo pararme y volver a leer. Dice así: “En un Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir retrospectivamente la Historia, distorsionar las noticias, suprimir las verdaderas, agregar las falsas: la propaganda sustituye a la información”. ¿Ajeno a nuestra realidad, estamos seguros de eso? Echad un vistazo a la Europa de 2018. A Estados Unidos. Esto que estamos viviendo, este resurgimiento de la extrema derecha, es esa misma Historia, pero disfrazada con nuevos eslóganes. Suena extremadamente agorero y alarmista, pero también lo fue en su momento. Y este libro nos recuerda cuáles fueron las consecuencias.

Así como “El diario de Ana Frank” es una lectura obligada en muchos colegios e institutos del mundo, también deberíamos añadir libros como este, de Primo Levi. Necesitamos el recordatorio de que no se puede mirar para otro lado, de que no se puede señalar sin emprender una acción ulterior que le ponga freno.

Como habéis podido comprobar, esto de reseña no tiene nada. Es un llamamiento que se hace eco del que surge de la propia historia. Leedlo. Además, por si os sirve de incentivo, Primo Levi sabe escribir. Es una auténtica delicia el cómo se expresa, en especial en “El sistema periódico”. Y excelente traducción, también. Por mi parte, tengo ya en cola la segunda y tercera parte de esta trilogía.

Resultado de imagen de primo levi se questo è un uomo se comprendere

 

¡Hasta la próxima, queridos lectores!

Publicado en Reseñas, Tengo la manía de opinar | Etiquetado , , , , , , | 2 comentarios

“The people in the trees” o La gente en los árboles, de Hanya Yanagihara.

A finales de septiembre decidí que era hora de recorrerme las librerías y comprarme un par de libros que añadir a mi siempre creciente lista de libros por leer. Una decisión lógica que no tenía nada que ver con la necesidad acuciante de hacer algo que me hiciera sentir bien y, de paso, ver si los Hados tenían preparada para mí alguna sorpresilla en forma de historia de esas que te quitan el aliento. Básicamente, y traducido a esta jerga inglesa que tanto estamos usando últimamente, me di a lo que se llama “comfort shopping”, porque un “treat yourself” de vez en cuando no hace daño a nadie. Heck yeah.

3e26ee4714f14027ca4558cc01fbb159

Kudos a Sarah Andersen por representarnos a todos.

Mi intención inicial era ir en busca y captura de “Nación”, de Terry Pratchett, pero se hizo el huidizo y tuve que resignarme, no sin cierto placer, a la ardua tarea de rebuscar entre las estanterías hasta dar con el libro que más me convenciera. Ese libro resultó ser “The people in the trees” (traducido al español por Lumen, “La gente en los árboles”), de Hanya Yanagihara. Y de cara al #LeoAutorasOct, me vino que ni pintado. Así que, dentro reseña.

En 1950, Norton Perina, un joven médico recién graduado, se une a una expedición a una remota isla de Micronesia, Ivu’ivu, en busca de una misteriosa tribu. Allí comienza a investigar lo que lo llevará a ganar el Premio Nobel: la extraña longevidad de los isleños. Antes de regresar a Estados Unidos, decide adoptar a cuarenta niños nativos para rescatarlos de la pobreza. Pero en 1995, uno de sus hijos lo denuncia por abusos…

Mientras cumple condena, Perina, a instancias de su fiel colega Ronald Kubodera, escribe sus memorias con el fin de recuperar el prestigio perdido y demostrar su inocencia. Una historia llena de intriga sobre la ambición y la naturaleza humana en la voz de un narrador sospechoso que, como Humbert Humbert, desafía nuestro sentido de la ética.

Por dónde empezar. Antes de nada, tal vez debería poneros sobre aviso. Deciros que esta es la autora de “A Little Life” y que, en vistas de todo lo que se coció en él (aquí tenéis la reseña que hice en su momento), nadie podría esperar una historia tranquila en el que fue su primer libro, donde lo negro sea claramente negro; y lo blanco, blanco como la leche. Al revés, el abanico de grises, dobleces y zonas embarradas es tan amplio que, por muy rígida que sea tu ética y tu brújula moral, no vas a poder evitar el resbalón y costalazo posterior en algún momento de la narración. No, no es el objetivo de esta escritora dejarte emocionalmente intacta tras haber leído su historia. Y con todo ello contaba cuando empecé su lectura. No iba a dejarme indiferente (o eso esperaba yo, a falta de la prueba empírica).

Imagen relacionada

Right in the feelings, seguro.

Otra de las cosas que me llamaban la atención, y que acabó siendo la principal razón por la que me decanté por este libro en concreto, fue el hecho de que el protagonista o, más bien, el propio narrador, es un médico investigador ganador de un Premio Nobel de Medicina. Había recibido ese prestigioso galardón por haber descubierto, estudiando a los habitantes de una pequeña isla de Micronesia llamada Ivu’ivu, una enfermedad llamada Síndrome de Selene. Este síndrome parecía conferirles a dichos sujetos una inmortalidad física, en el sentido de que sus cuerpos dejaban de envejecer llegado un determinado momento. Como investigadora en el campo de la biomedicina, esto me llamó poderosamente la atención. Sobre todo, porque, aunque este libro se encuadra dentro del género de ficción, está muy, muy lejos de ser ciencia ficción. Y no sabía qué iba a hacer Yanagihara para solventar ese salto entre géneros sin pisar las fronteras que los separan. Otro elemento que añadirle a su atractivo es que la trama, contada en forma de autobiografía, surge de la necesidad de Perina de narrar su historia como defensa última frente a una serie de acusaciones de abusos sexuales a sus hijos adoptivos, cuando estos era aún niños pequeños. Diría que qué hay más actual que esto, pero supongo que estaría obviando una gran parte de la Historia.

Turbio, todo muy turbio, si queréis saber mi opinión.

Resultado de imagen de american psycho gif

Por otro lado, el setenta por cierto de la narración es referente a la carrera de Perina. Esta no es simplemente una enumeración de los hitos profesionales que salpican su vida hasta el momento actual, sino que hay continuos incisos a sus relaciones personales, tanto en lo referente a su escasa familia, como a su relación con otros colegas científicos. El cómo trata y cómo percibe a la gente de su alrededor, pero especialmente a la gente nativa en Ivu’ivu. Las decisiones que toma y cómo las justifica. Y es aquí de donde sacas la información que necesitas saber sobre él. La que hace que lo que vas a leer en la última página y media del libro no te pille tan de sorpresa, aunque el regusto amargo te lo deje igual.

Ahora bien, ¿qué impresiones me llevo yo después de haber puesto punto final a la historia? Para empezar, un mal cuerpo intenso, de principio a fin. No me pidáis que señale qué es exactamente lo que hace a esta historia tan oscura, solo puedo referiros a otros posibles libros que hayáis leído, donde la atmósfera que rodea a la narración tiene un no-se-qué que no te deja tranquila. Es aprehensiva, viscosa, estremecedora. Aunque los hechos que se estén narrando no lo sean necesariamente. El hecho de que saca todos tus prejuicios y convenciones sociales interiorizadas a relucir, y cuando finalmente te das cuenta de lo que está pasando, te miras un tanto asqueado a ti misma. Aunque con un nivel de asco un tanto menor al que le dedicas a determinados personajes.

Resultado de imagen de ew gif

Descripción gráfica de mis sentimientos.

Esta historia, aunque narrada con sencillez, te enreda. Y me gustan esas historias, no os lo voy a negar. Tienen ese punto de morbo que llama la atención. Te hace plantearte dónde están los límites. De todo. Sin olvidar mi recién descubierta debilidad por las historias de personajes. Y si a todo esto le sumas el misterio-que-no-lo-es-tanto de la inmortalidad, la genial documentación que hay detrás, y la belleza con la que está escrita la historia, pues lo bordas.

Y si bien es cierto que no creo que llegue a la altura de “A little life”, aunque sean difícilmente comparables, más allá de que estén escritos por la misma persona; es un muy buen libro. Pasen y vean la historia de los horrores creados y concebidos humanos.

Esto no ha hecho más que empezar.

¡Feliz sábado!

Publicado en Reseñas | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

The story so far.

Hace más de un año que dejé apartado el blog por falta de motivación. Simple y llanamente, sin excusas. Me enfrentaba en ese momento, además, a una nueva etapa en mi vida y no sabía si iba a ser capaz de compaginar ambas cosas, y mantener al mismo tiempo un cierto nivel de satisfacción con lo que pudiera escribir aquí. En resumidas cuentas, paré. Me tomé un descanso.

Hoy lo retomo y el motivo es doble. El primero es un acuerdo tácito y no escrito, aunque sí apalabrado, con un amigo para apoyarnos y animarnos mutuamente en esta aparentemente fútil empresa de gritarle al vacío virtual sobre nuestras mierdas varias. La segunda, y tal vez la de mayor peso, es que, por circunstancias varias que han ocurrido en los últimos meses y que no vienen al caso en este momento, me he visto en la nada agradable pero necesaria tesitura de revisitar o redescubrir quién soy yo.

Sí, sé que suena dramático a más no poder, pero no encuentro mejor forma de resumir el viajecito interior en el que me hayo inmersa. La versión extendida la podréis sufrir próximamente, cuando me siente a escribirla. Hasta entonces, basta con que os diga que me he embarcado en la titánica tarea de reexaminar qué son aquellas cosas que componen una gran parte de lo que me define como persona. Es decir, qué son aquellas cosas que me mueven, que me generan inquietud, curiosidad, cuáles son mis metas a largo y corto plazo, cómo me estoy tratando a mí misma y a las personas que componen mi círculo cercano, y un largo etcétera. En cierto modo, podría decirse que había perdido de vista todo esto que acabo de listar y eso no puede sino ir en mi detrimento. Imperdonable.

Parte de mi plan de acción para volver a llamar a la puerta del desastre de persona que soy (pero a quien le tengo cierto cariño) es retomar determinadas actividades y aficiones que siempre me han gustado y que abandoné de forma escalonada a lo largo de este último año. Una de ellas era es este blog.

Y a qué viene toda esta verborrea, os estaréis preguntando. En parte estoy compensando por todo el tiempo que he estado callada por aquí, je. Pero, principalmente, es por lo que os acabo de contar sobre revisitar ciertos aspectos de mí misma. En concreto, sobre mis metas. O, más bien, cómo el hecho de que en estos últimos tres meses el focalizar casi la práctica totalidad de mi atención hacia el exterior, ha hecho que pase por alto uno de los hitos más importantes en mi vida. Y os pongo en situación.

No es por tirar de tópicos, pero yo he sido siempre el prototipo de niña curiosa. A medida que crecía, la variedad de temas que atraían mi atención hasta extremos casi enfermizos se hacía más y más ecléctica. Ejemplos de ello puede ser la mitología (griega, romana y celta, por nombrar los principales), o el espacio (constelaciones, estrellas, el origen del universo…). El que se lleva la palma, sin embargo, fue el interés un tanto extraño por los diferentes tipos de códigos secretos inventados y usados a lo largo de la historia, desde la Piedra Rosetta como modelo para descifrar lenguajes largamente olvidados, hasta la máquina Enigma de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los métodos que tenían los indios navajos para comunicarse entre ellos. Este último dato me sirvió para acertar la pregunta del medio millón de euros de Quién Quiere Ser Millonario, a la tierna edad de once años. Así como curiosidad.

Tenía libros y libros sobre estos temas, cuadernos llenos de anotaciones y preguntas, hojas fotocopiadas, y teorías rocambolescas que nunca llegué a probar. El caldo de cultivo ideal para alguien que, claramente, iba a acabar en ciencias. No pude ni quise evitarlo, el sentimiento de satisfacción y plenitud que extraía de todo esto me llevó a perseguir ese sueño, que muchos tachan de suicida, de vivir de la ciencia, de investigar. Así que, como en mi casa la filosofía que estaba de moda era la de trabajar hasta que lo consigas, sin dejar nada al azar, me puse manos a la obra para poder, algún día, poder dedicarme a ello. Una carrera de fondo. Años de dedicación, sudor, lágrimas, fracasos y éxitos, y todo lo que se suele decir en esta situación. Ya sabéis cómo va. Todo para cumplir ese sueño, largamente acunado, de poder aportar mi granito de arena al mundo, de satisfacer mi curiosidad, de dar respuesta a las preguntas que me planteara. Como dijo en su día Asimov (y como publiqué en aquella entrada), el mundo es tan, tan grande, tan lleno de cosas por descubrir, y aunque sería imposible conocerlo en su totalidad, sería una auténtica pena pasar por él sin al menos haber intentado comprender o maravillarte con una pequeña parte del mismo.

Hace más de tres meses que alcancé la primera de mis grandes metas. Empecé un doctorado, la ocupación soñada, que además me da de comer. Lo había conseguido.

Y se me pasó completamente por alto.

Podéis imaginaros mi desolación al dame cuenta de ello, hace apenas dos semanas. Había estado tan, tan preocupada por otros asuntos, tan fuera de mi propio radar, que no me había dado cuenta de que uno de mis objetivos vitales se había puesto en funcionamiento. Me enfadé conmigo misma sobremanera. La culpa era enteramente mía.

Cuando me calmé y dejé de autoflagelarme, pude analizar el asunto con cierta perspectiva. Circunstancias personales a un lado, mi “olvido” se podía calificar como un producto de la sociedad actual. Y ya aquí sí que puse el grito en el cielo. Estamos tan centrados en alcanzar nuestras metas, una tras otra, que proyectamos todas nuestras ilusiones y alegrías en el futuro, y una vez las alcanzamos, las desechamos para centrarnos en la siguiente. Y así hasta el final de nuestras vidas. Esa no es forma de vivir. O, al menos, yo no quiero vivir así. Quiero disfrutar del fruto de mi trabajo, saborearlo y permitirme, durante un tiempo, el respirar sin tener que pensar en agobios futuros. En definitiva, y esta es mi autocrítica, tengo que estar presente en el día a día. No proyectar, sino mirar en rededor, a mis pies para ver hasta dónde me han llevado; a mi sombra, para admirar el camino recorrido; y hacia delante, sí, para ver los pasos que me quedan por dar y todas las rosas que tengo que pararme a oler hasta llegar a donde quiera que me lleve ese camino.

Y esta, mis amigas y amigos, es mi historia hasta ahora.

PD: ¡Oficialmente puedo decir que soy CIENTÍFICA! Me llena de orgullo y satisfacción.

PD2: Este es el pistoletazo de salida para retomar la publicación por este canal. Podéis esperar más reseñas y temas literarios varios, así como más carga personal, que para eso me he tomado la molestia de darle un nombre a este blog. ¡Hasta la próxima! 🙂

Publicado en Cosas que a veces escribo | Etiquetado , , , | Deja un comentario