On the art of letting go.

Cuenta el dicho que no hay dos sin tres. Es una advertencia surgida de la experiencia, de pruebas fehacientes, de hechos repetidos una y otra y otra vez. Empirismo, si queréis. Y así como cuando llega el hecho número dos puedes decir con cierto grado de seguridad que el tercero estará el caer, esa probabilidad disminuye cuando se da el primer hecho. Pero, ay, no tenemos manera de saber cuándo ocurrirá este último.

Hace cinco meses llamó a mi puerta la primera mala noticia. Acusé el golpe sin pararme a pensar, o siquiera sospechar, que nada de características similares fuera a seguirlo. Pero lo hizo, vaya que si lo hizo. Acto seguido, sin solución de continuidad, la segunda mala noticia hizo acto de presencia. El dos sin tres empezaba a pesar sobre mí como un mal augurio, y el vivir en tensión continua, mirando dos veces antes de cruzar, se convirtió en rutina. No creo que haga falta decir que, a pesar de que afiancé los dos pies con toda la seguridad que pude reunir, la tercera mala noticia me barrió como una hoja recién desprendida del árbol. Y como una hoja me vi a merced de los vientos huracanados que se desataron cuando, por fin, las tres hicieron acto de presencia en mi vida.

Ahora que ya conocéis el continente del problema, es hora de que os liste el contenido. Cuáles fueron esas tres malas noticias que te dejaron doblada, boqueando y en busca de un asidero para no caer, os estaréis preguntando. Contextualizaré, pues: el primero de los percances, en orden cronológico, está relacionado con la persona que iba a vivir conmigo. Cuando todo estaba atado y asentado, cambió de planes y me dejó sola con algo más que un piso que llenar. Escasos días después, y tras dos semanas preparando el terreno y haciendo estragos en mi estado emocional, me rompieron el corazón. Para entonces, la sensación de que el universo me estaba dando la espalda crecía a pasos agigantados. Pasada una semana me di cuenta de que esa sensación era errónea. El universo me estaba mirando fijamente a los ojos, como queriendo que fuera consciente de que el golpe de gracia estaba al caer. Efectivamente, en un giro argumental difícil de prever, cuando aún estaba recogiendo los pedazos, me diagnosticaron con algo potencialmente peligroso para mi salud.

No se puede negar la belleza perversa de cómo se desencadenaron los acontecimientos. La maestría a la hora de reducir a escombros amistad, amor y salud, en un momento en el cual me encontraba sola. Sola en una ciudad extraña, lejos de mi hogar, sin nadie con quien compartir el peso que se había instalado sobre mis hombros y que amenazaba con aplastarme. Inevitablemente, me ahogó. Lidiar con las tres cosas a la vez supuso más de lo que yo era capaz de gestionar. A mediados de agosto, cuando la ola tocó tierra, ya no tenía fuerzas para llorar. Mi única vía para liberar toda la presión acumulada, anulada antes siquiera de empezar. Malditas sean esas dos primeras semanas de verano. Debido a ellas, me encontré sin armas cuando llegó la artillería pesada.

A día de hoy, no tengo un recuerdo claro de cómo llegué a septiembre, aunque los ecos de todo ese dolor me siguen persiguiendo. Fogonazos de desaliento, de pesar. Preocupación, una sensación de inevitabilidad, de por qué a mí. De vacío. Emocionalmente, colapsé sobre mí misma. Y aunque, en retrospectiva, me doy cuenta de que tal vez fuera una especie de retorcida bendición el hecho de que mi atención se dividiera entre esos tres hechos, impidiendo que me focalizara y obsesionara sobre uno en concreto, hubiera preferido una única mala noticia.

Puede que penséis que me estoy pasando con el tono de dramatismo y fatalidad. Creedme, no es el caso. Por un momento, poneros en mi lugar. Es relativamente corriente que alguien traicione tu confianza. Lo es, también, que te rompan el corazón. Aunque en mi caso particular, nunca me había visto en esa situación, en el sentido de que era la primera vez que alguien me importaba hasta ese punto. Lo que ya no es tan frecuente, y os lo digo con las estadísticas en la mano, es que tu médico, con cierto pesar, te diga que hay algo que va mal dentro de ti. Nunca piensas que te va a tocar a ti, hasta que lo hace. Y, aun entonces, lo niegas con cada fibra de tu ser. No. No a mí.

Y esas dos relativamente frecuentes situaciones, unidas a la infrecuente, se dieron a la vez.

De natural introvertida, que prefiere lidiar con sus problemas en silencio, me di cuenta de que, si no quería hundirme más de lo que ya lo estaba, no iba a tener más alternativa que mirar a mi alrededor y buscar la boya en medio de la tormenta perfecta. La buena noticia es que encontré una veintena de ellas. Tomé la decisión de asirme a las manos que me estaban siendo tendidas y ayudarles en su afán de ponerme otra vez en pie. Dosifiqué la información. Nadie conocía la historia completa, tan solo fragmentos, más o menos grandes, de ella. Pero con lo que sí conocían, se pusieron manos a la obra.

Es por esto por lo que no puedo dejar de hablar de todas aquellas personas, mi familia, mis amigos, que fueron determinantes para que yo no solo fuera capaz de dejar agosto atrás y enfrentar septiembre, sino que sus constantes y desinteresados gestos de aliento, comprensión y apoyo me han traído hasta donde estoy hoy. Sabía que tenía una base muy sólida sobre la que apoyarme, pero nunca imaginé que llegaría a estos extremos.

Los últimos coletazos del fatídico agosto supusieron médicos, más médicos y pruebas. Conversaciones de tarde, mañana y noche; charlas de reflexión, de culpas, de rabia, de lágrimas mal disimuladas. Se diseñaron planes para afrontar septiembre y todo lo que este traía consigo. Pero, sobre todo, empecé la complicada tarea de hacer las paces, conmigo misma y con todo lo que había pasado. Tenía que asumir que no se trataba de un juego de culpas y que, simplemente, eran cosas que se escapaban a mi control. Empecé a curar mis heridas, en definitiva. A recolocar la carga sobre mis hombros de tal forma que no me aplastara hasta que llegara el momento en el que pudiera dejarla a un lado del camino.

Era hora de empezar a cerrar los frentes que tenía abiertos.

Llené el piso y, en el proceso, encontré a alguien que me escuchó cuando creía que le estaba gritando al vacío. Con ese asunto resuelto, y algo bueno e inesperado bajo el brazo, liberé una pequeña parte de ese peso que arrastraba conmigo.

El segundo frente me llevó más tiempo. Donde no tardé fue en percatarme de que había empezado a perderme a mí misma en julio. En mi infructuoso intento de evitar perder a la persona con la que estaba, fui yo quien se perdió. Me dejé a un lado, me fallé a mí misma. En septiembre me perdoné y me di una segunda oportunidad. Así que salí ahí fuera, en busca de aquellas cosas que otrora me habían llenado. Sin embargo, en mi fuero interno, sé que fue también un intento de distraerme, de buscar otros círculos distintos en una ciudad que sentía que me había dado la espalda. Por otro lado, tenía el convencimiento de que los malos sentimientos no iban a hacer que superar una ruptura de forma rápida y efectiva fuera más fácil. Lo enfoqué de la forma que consideré más sana y beneficiosa para mí y, la mayor parte del tiempo, lo conseguí. Además, decidí que quería conservar cierto grado de relación amigable con la otra persona. O, más bien, quería conservar a esa persona, que aún me seguía mereciendo la pena, sin salir escaldada en el proceso. Haré un avance rápido hasta hoy y os diré que, genuinamente, lo hice lo mejor que pude, actué como me pareció correcto en el momento, intentando tener en cuenta a todas las partes. Cómo salieron las cosas, es una historia para otro momento.

Para ahorraros el tedio de leer más párrafos que, en esencia, vienen a decir lo mismo que los anteriores, os diré que durante meses estuve haciendo malabares entre mi preocupación por mi salud, mis esfuerzos por conseguir un equilibrio con lo que os acabo de contar en el párrafo anterior, mantener un nivel óptimo de rendimiento trabajando y vivir, a fin de cuentas. Toda una odisea. Pero esta vez no estaba sola.

A principios de este mes empecé a ver la luz al final del túnel respecto al frente relativo a mi salud. Y aunque, irónicamente, me acarreó más ansiedad, angustia y preocupación que nunca, al menos mi médico me ofrecía una solución más o menos inmediata: cortar por lo sano. Literalmente. En pocas ocasiones he pasado tanto miedo como en los días previos a pasar por el quirófano. Todo lo que había estado manteniendo detrás de un dique de contención cuidadosamente construido, se liberó. Toda esa valentía fingida delante de mi familia, con el objetivo de ahorrarles la preocupación añadida de verme por los suelos, esa fachada, se empezó a resquebrajar. No era capaz de comunicar a mis amigos cercanos la angustia que sentía. Que, aunque mi parte racional y analítica sabía que todo iba a salir bien (probablemente), yo estaba paralizada. Mi suerte es que, de alguna manera, lo comprendieron. Y aún se me llenan los ojos de lágrimas al recordar cómo estuvieron ahí, cómo incluso vinieron desde lejos solo para que yo no estuviera sola. Lo fácil que me lo pusieron. En su mayoría. Tuve también un par de decepciones que, aunque me abrieron los ojos, no consiguieron empañar las buenas acciones del resto.

Y todo eso llegó. Y pasó. Y aquí estoy.

Hoy puedo decir que he dejado mi mochila de piedras a un lado del camino. Definitivamente.

En cierto modo, todo lo que he vivido me ha enseñado cosas sobre mí, sobre mi forma de afrontar determinadas situaciones, sobre las personas que me rodean. Lecciones buenas, lecciones malas. Sin embargo, no puedo proclamar a los cuatro tiempos que esté agradecida de haberlas recibido. El precio ha sido ridículamente alto. No puedo sacar un mensaje positivo de ello, no a costa de las malas experiencias. Sé que algún día encontraré un lugar (que no un sentido) para todo ese dolor, físico y emocional. Pero no hoy. Hoy estoy agradecida por toda la gente que estuvo a mi lado cuando más la necesitaba. Gracias. Gracias de todo corazón. También estoy orgullosa. De mí misma. Porque he vivido todo esto y a pesar de ello, sigo siendo yo. Sigo adelante. Al mismo tiempo, he resuelto dejar en este año que se acaba todo lo malo que ha pasado en él. Incluidas aquellas personas que, aun sin hacerlo intencionadamente, me restan más que me suman. Las tengo que dejar ir. No puedo hacerme eso a mí misma. Ya no. Y aunque me parte el alma tomar esta decisión, mi prioridad tengo que ser yo.

Así que adelante, nuevo año que entra, tráeme las dos buenas noticias que acompañen a la de haber restablecido mi equilibrio, mi salud. Quiero que cumplas tu “no hay dos sin tres”. Pero para bien, esta vez.

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“La ciudad de las sombras”, de Victoria Álvarez.

Hay un par de cosas que saltan rápidamente a la vista si echáis una ojeada a lo que publico en este blog, dentro de lo que son las reseñas y la literatura, y es que no hay mucho de autor/a español/a, y que en los últimos tiempos la literatura juvenil me tiene seriamente decepcionada. Respecto a lo primero, la culpa es enteramente mía. Al igual que me puse concienzudamente a leer a autoras, haciendo ese esfuerzo consciente, algo similar debería hacer con todo el talento nacional que tenemos dentro de la literatura de género en España. Porque lo hay, a raudales. Y aunque este año, gracias a las editoriales Cerbero y Nocturna, además de la ración anual de Festival Celsius, he leído a escritoras y escritores españoles, aún me queda un largo camino por recorrer.

En cuanto a mi desencanto con la literatura juvenil, mi teoría radica en que no es que no haya historias dentro del paraguas del juvenil que merezcan la pena, sino que el mercado editorial prefiere vender la misma historia una y otra vez. Repetir la fórmula de éxito hasta que acabemos todos con un empacho generalizado. Ah, y si ha sido un éxito de ventas en EEUU, puntos extra.

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Y aquí es donde llega una de mis últimas salvaciones, que me permite redimirme de lo primero y no perder la fe en el género, todo en uno. Aquí llegó Victoria Álvarez, con fanfarrias y en caballo blanco. Como comentario previo, y para que entendáis por qué digo lo que digo, tened en mente que yo solo me había leído un libro suyo previamente, “Hojas de dedalera”. El primero que publicó. Ahora, al lío.

En 1923, Helena Lennox tiene diecisiete años y un único deseo: sustituir las calles de Londres por una vida de aventuras y excavaciones en tierras lejanas. En consecuencia, cuando sus padres se marchan a la India para investigar la desaparición de unos arqueólogos, ella decide acompañarlos… unos días después y a escondidas.
Son muchas las leyendas que circulan en torno a la ciudad fantasma de Bhangarh, pero Helena nunca ha creído en las supersticiones. No obstante, el príncipe Arshad de Jaipur (sí, ese que odia a los ingleses) le insiste en que se equivoca: Bhangarh está maldita y al anochecer, cuando el palacio real se tiñe de oscuridad, todo el que se adentra en sus muros desaparece sin dejar rastro.
En su recorrido por la exótica India de los años veinte, Helena se ve envuelta en una investigación en la que solo una verdad parece salir constantemente a la luz: nadie regresa de la ciudad de las sombras.

Me vais a tener que perdonar, pero aún sigo extasiada con este libro. Cuando eres una lectora avezada, como quiero creer que lo soy yo, empiezas a ver lo que es el esqueleto de las historias, y cómo se ha ido hilando la trama para crear el entramado final que es el producto que tienes entre las manos. Y creedme cuando os digo que no recuerdo haber leído nunca una historia tan bien estructurada, donde no sobra absolutamente nada. Nada. Todo tiene un sentido y una función. El único adjetivo que se me viene a la cabeza para hacerle justicia a este trabajo de ingeniería es el de “limpio”. Pulcro, extremadamente bien cuidado, primoroso, hecho con mimo. Podría seguir con la lista de sinónimos. El trabajo de una persona perfeccionista, eso salta a la vista. Un auténtico gustazo de leer. Y tengo que reconoceros que mi sorpresa fue mayúscula, puesto que mi vara de medir, lo único con lo que podía comparar a esta historia, su primer libro, “Hojas de dedalera”, es diametralmente opuesto. No es que sea un mal libro, pero es caótico y palidece en comparación con “La ciudad de las sombras”. En él prima la descripción descontrolada sobre el orden lógico de la trama y la voz de los personajes. Y no me oiréis quejarme de las descripciones extensas o de los párrafos que, aun sin aportar nada a la trama, son estéticamente preciosos. Así que sí, se habla mucho de la evolución de los personajes en las historias, pero me gustaría romper una lanza por el crecimiento de los escritores a medida que escriben y publican nuevos libros.

Situada en la India de principios del siglo pasado, esta historia de aventuras te catapulta de lleno en la sociedad, tanto inglesa como india, de la época. La rebelde y cabezota Helena Lennox (pero con una cantidad ingente de recursos a la hora de solventar problemas) decide, sin darle excesivas vueltas, lanzarse en persecución de sus padres, que han embarcado rumbo a este exótico país con el objetivo de resolver dos misterios en uno: la desaparición de dos arqueólogos en una ciudad abandonada, de la que se dice contiene tesoros largamente olvidados. Ah, y que está maldita. Durante sus peripecias, Helena chocará de frente con un tal Arshad Singh, príncipe de Jaipur, al que la mera mención de los ingleses le provoca una indigestión que le dura semanas. ¿Se huele un shippeo? Se huele un shippeo. ¿Tenemos el OTP del año? Tenemos el OTP del año. *cof cof* Harshad *cof cof*.

Arshad y Helena
Arshad y Helena, muy cucos ellos. Ilustración de Lehanan Aida.

Para no boicotearos la trama más de lo necesario, os diré que este libro tiene todos los elementos que caracterizan a una buena historia de aventuras. Un ritmo trepidante, personajes que te gustaría adoptar y/o estrangular, misterio, giros argumentales que te sacarán algún gritito de sorpresa, y una ambientación que casi, casi consigue que saborees las especias con las que tanto afán cocinan en la India. Ah, y esto me lleva a comentar (brevemente) la admirable y extensa labor de documentación que se atisba entre todos esos nombres de comidas y especias indias. De los mitos y el sistema de castas. De las localizaciones y las costumbres. Es realmente un placer leer un libro tan redondo.

Personajes La ciudad de las sombras
Ilustraciones varias de los personajes, de Lehanan Aida.

Hasta que pueda echarle la zarpa a la segunda parte de esta trilogía (“El príncipe de los prodigios”, también de la editorial Nocturna), me encontraréis sentada, con cara de pánfila, soñando despierta con comida india, y unos ojos verdes enmarcados por unos rizos oscuros.

¡Feliz Navidad!

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“Si esto es un hombre”, de Primo Levi.

Uno de mis pensamientos recurrentes mientras leía este libro era “cómo narices voy a hacer una reseña de esto”, al mismo tiempo que pensaba “me siento en la obligación moral de hacerla”. Y aquí estoy, en la peliaguda empresa de escribir una reseña de un libro imposible de reseñar. O al menos, no como se haría una reseña al uso. Porque, pensadlo detenidamente, ¿qué tipo de crítica se puede hacer? Nada relativo a la historia en sí; aunque, tal vez, se pueda hacer alguna mención al estilo en el que está escrita.

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Primo Levi.

De la forma que sea, lo que Primo Levi narra durante doscientas páginas es un horror difícilmente descriptible. Creo que la mejor forma de abordar mis impresiones es contaros, en primer lugar, las condiciones, en cuanto a conocimiento se refiere, con las que yo partía en el momento de abrir el libro. Todos conocemos las abominaciones que los nazis practicaban en los Lager, en los campos de concentración y en los campos de trabajo. Sabemos de las cámaras de gas, los hornos crematorios, las condiciones de trabajo, los experimentos practicados sobre las minorías que se llevaron la peor parte (judíos, gitanos, homosexuales…). Puede que algunos de vosotros, como yo, hayáis estado en algún campo de concentración, o museo o hayáis visto algún documental sobre ello. En definitiva, sabéis lo que ocurrió, cómo ocurrió y dónde. El por qué ocurrió, sin embargo, es algo que nunca podremos explicar.

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Y aquí es donde entra Levi y su narración, donde solo se habla de pasada de esas monstruosidades perpetradas en nombre de creencias imposibles de justificar. Levi fue prisionero en Auschwitz, más concretamente, en Monowitz, un campo de trabajo dependiente de ese primero. Y era eso, un campo de trabajo. Las condiciones físicas de trabajo a las que le sometieron a él y a otros cientos de miles de personas eran inhumanas, sí, y se asegura de que así lo sintamos. El hambre, el frío, la enfermedad. Palabras que cobran un significado completamente distinto en la Polonia profunda, en especial en invierno.

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The infamous entrance.

Toda esta descripción de la penuria física a la que fueron sometidos es una parte imprescindible para comprender lo que allí estaba ocurriendo, pero de ninguna manera es la única, como tampoco explica totalmente lo que supuso el nazismo para esta gente. La clave está en el título. Si esto es un hombre. Levi no estaba más que refiriéndose a sí mismo, y a todos aquellos con él, durante ese año y poco que pasó en el Lager. Tal vez la mayor abominación que llevaron a cabo todos esos agentes de las SS fuera despojarles, sistemática y completamente, de su humanidad. De aquello que nos hace personas. Y no lo hicieron de la escabrosa manera en la que ponían punto final a sus vidas, no. Esta deshumanización tenía lugar a muy pequeña escala, en los detalles tales como la ropa, los zapatos, las escudillas. La forma en la que les obligaban a sobrevivir e, incluso, a interactuar entre ellos. Este libro, en esencia, es un retrato de la naturaleza humana llevada a extremos inimaginables. Literalmente inimaginables. El fascismo despojó, no solo de su vida, sino también de su humanidad, a millones de personas. Y nadie fue capaz de preverlo.

Una de las cosas que más me llamó la atención mientras leía fue que, a pesar de las vívidas imágenes que Primo Levi transmite en su narración, en ningún momento emite ningún tipo de juicio respecto a los alemanes, tanto de aquellos que formaron parte activamente de esa maquinaria de opresión y asesinato, como de los que sabían y no movieron un dedo, o directamente no quisieron saber. “Si esto es un hombre” es un testimonio. Los jueces somos nosotros. Levi empezó a concebir, e incluso a escribir, su historia estando todavía prisionero. Sentía esa necesidad imperiosa de que el mundo supiera de lo ocurrido. Curioso, aunque totalmente comprensible, que nadie prestara atención a este libro hasta pasada más de una década. Pasado el tiempo de olvidar, resurgió la necesidad de recordar con carácter preventivo. Para nosotros, actualmente, su testimonio corresponde a la Historia. Con mayúscula. Nos resulta lejano, ajeno a nuestra realidad.

¿O no?

Hay un párrafo, hacia el final, que me hizo pararme y volver a leer. Dice así: “En un Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir retrospectivamente la Historia, distorsionar las noticias, suprimir las verdaderas, agregar las falsas: la propaganda sustituye a la información”. ¿Ajeno a nuestra realidad, estamos seguros de eso? Echad un vistazo a la Europa de 2018. A Estados Unidos. Esto que estamos viviendo, este resurgimiento de la extrema derecha, es esa misma Historia, pero disfrazada con nuevos eslóganes. Suena extremadamente agorero y alarmista, pero también lo fue en su momento. Y este libro nos recuerda cuáles fueron las consecuencias.

Así como “El diario de Ana Frank” es una lectura obligada en muchos colegios e institutos del mundo, también deberíamos añadir libros como este, de Primo Levi. Necesitamos el recordatorio de que no se puede mirar para otro lado, de que no se puede señalar sin emprender una acción ulterior que le ponga freno.

Como habéis podido comprobar, esto de reseña no tiene nada. Es un llamamiento que se hace eco del que surge de la propia historia. Leedlo. Además, por si os sirve de incentivo, Primo Levi sabe escribir. Es una auténtica delicia el cómo se expresa, en especial en “El sistema periódico”. Y excelente traducción, también. Por mi parte, tengo ya en cola la segunda y tercera parte de esta trilogía.

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¡Hasta la próxima, queridos lectores!

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“The people in the trees” o La gente en los árboles, de Hanya Yanagihara.

A finales de septiembre decidí que era hora de recorrerme las librerías y comprarme un par de libros que añadir a mi siempre creciente lista de libros por leer. Una decisión lógica que no tenía nada que ver con la necesidad acuciante de hacer algo que me hiciera sentir bien y, de paso, ver si los Hados tenían preparada para mí alguna sorpresilla en forma de historia de esas que te quitan el aliento. Básicamente, y traducido a esta jerga inglesa que tanto estamos usando últimamente, me di a lo que se llama “comfort shopping”, porque un “treat yourself” de vez en cuando no hace daño a nadie. Heck yeah.

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Kudos a Sarah Andersen por representarnos a todos.

Mi intención inicial era ir en busca y captura de “Nación”, de Terry Pratchett, pero se hizo el huidizo y tuve que resignarme, no sin cierto placer, a la ardua tarea de rebuscar entre las estanterías hasta dar con el libro que más me convenciera. Ese libro resultó ser “The people in the trees” (traducido al español por Lumen, “La gente en los árboles”), de Hanya Yanagihara. Y de cara al #LeoAutorasOct, me vino que ni pintado. Así que, dentro reseña.

En 1950, Norton Perina, un joven médico recién graduado, se une a una expedición a una remota isla de Micronesia, Ivu’ivu, en busca de una misteriosa tribu. Allí comienza a investigar lo que lo llevará a ganar el Premio Nobel: la extraña longevidad de los isleños. Antes de regresar a Estados Unidos, decide adoptar a cuarenta niños nativos para rescatarlos de la pobreza. Pero en 1995, uno de sus hijos lo denuncia por abusos…

Mientras cumple condena, Perina, a instancias de su fiel colega Ronald Kubodera, escribe sus memorias con el fin de recuperar el prestigio perdido y demostrar su inocencia. Una historia llena de intriga sobre la ambición y la naturaleza humana en la voz de un narrador sospechoso que, como Humbert Humbert, desafía nuestro sentido de la ética.

Por dónde empezar. Antes de nada, tal vez debería poneros sobre aviso. Deciros que esta es la autora de “A Little Life” y que, en vistas de todo lo que se coció en él (aquí tenéis la reseña que hice en su momento), nadie podría esperar una historia tranquila en el que fue su primer libro, donde lo negro sea claramente negro; y lo blanco, blanco como la leche. Al revés, el abanico de grises, dobleces y zonas embarradas es tan amplio que, por muy rígida que sea tu ética y tu brújula moral, no vas a poder evitar el resbalón y costalazo posterior en algún momento de la narración. No, no es el objetivo de esta escritora dejarte emocionalmente intacta tras haber leído su historia. Y con todo ello contaba cuando empecé su lectura. No iba a dejarme indiferente (o eso esperaba yo, a falta de la prueba empírica).

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Right in the feelings, seguro.

Otra de las cosas que me llamaban la atención, y que acabó siendo la principal razón por la que me decanté por este libro en concreto, fue el hecho de que el protagonista o, más bien, el propio narrador, es un médico investigador ganador de un Premio Nobel de Medicina. Había recibido ese prestigioso galardón por haber descubierto, estudiando a los habitantes de una pequeña isla de Micronesia llamada Ivu’ivu, una enfermedad llamada Síndrome de Selene. Este síndrome parecía conferirles a dichos sujetos una inmortalidad física, en el sentido de que sus cuerpos dejaban de envejecer llegado un determinado momento. Como investigadora en el campo de la biomedicina, esto me llamó poderosamente la atención. Sobre todo, porque, aunque este libro se encuadra dentro del género de ficción, está muy, muy lejos de ser ciencia ficción. Y no sabía qué iba a hacer Yanagihara para solventar ese salto entre géneros sin pisar las fronteras que los separan. Otro elemento que añadirle a su atractivo es que la trama, contada en forma de autobiografía, surge de la necesidad de Perina de narrar su historia como defensa última frente a una serie de acusaciones de abusos sexuales a sus hijos adoptivos, cuando estos era aún niños pequeños. Diría que qué hay más actual que esto, pero supongo que estaría obviando una gran parte de la Historia.

Turbio, todo muy turbio, si queréis saber mi opinión.

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Por otro lado, el setenta por cierto de la narración es referente a la carrera de Perina. Esta no es simplemente una enumeración de los hitos profesionales que salpican su vida hasta el momento actual, sino que hay continuos incisos a sus relaciones personales, tanto en lo referente a su escasa familia, como a su relación con otros colegas científicos. El cómo trata y cómo percibe a la gente de su alrededor, pero especialmente a la gente nativa en Ivu’ivu. Las decisiones que toma y cómo las justifica. Y es aquí de donde sacas la información que necesitas saber sobre él. La que hace que lo que vas a leer en la última página y media del libro no te pille tan de sorpresa, aunque el regusto amargo te lo deje igual.

Ahora bien, ¿qué impresiones me llevo yo después de haber puesto punto final a la historia? Para empezar, un mal cuerpo intenso, de principio a fin. No me pidáis que señale qué es exactamente lo que hace a esta historia tan oscura, solo puedo referiros a otros posibles libros que hayáis leído, donde la atmósfera que rodea a la narración tiene un no-se-qué que no te deja tranquila. Es aprehensiva, viscosa, estremecedora. Aunque los hechos que se estén narrando no lo sean necesariamente. El hecho de que saca todos tus prejuicios y convenciones sociales interiorizadas a relucir, y cuando finalmente te das cuenta de lo que está pasando, te miras un tanto asqueado a ti misma. Aunque con un nivel de asco un tanto menor al que le dedicas a determinados personajes.

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Descripción gráfica de mis sentimientos.

Esta historia, aunque narrada con sencillez, te enreda. Y me gustan esas historias, no os lo voy a negar. Tienen ese punto de morbo que llama la atención. Te hace plantearte dónde están los límites. De todo. Sin olvidar mi recién descubierta debilidad por las historias de personajes. Y si a todo esto le sumas el misterio-que-no-lo-es-tanto de la inmortalidad, la genial documentación que hay detrás, y la belleza con la que está escrita la historia, pues lo bordas.

Y si bien es cierto que no creo que llegue a la altura de “A little life”, aunque sean difícilmente comparables, más allá de que estén escritos por la misma persona; es un muy buen libro. Pasen y vean la historia de los horrores creados y concebidos humanos.

Esto no ha hecho más que empezar.

¡Feliz sábado!

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The story so far.

Hace más de un año que dejé apartado el blog por falta de motivación. Simple y llanamente, sin excusas. Me enfrentaba en ese momento, además, a una nueva etapa en mi vida y no sabía si iba a ser capaz de compaginar ambas cosas, y mantener al mismo tiempo un cierto nivel de satisfacción con lo que pudiera escribir aquí. En resumidas cuentas, paré. Me tomé un descanso.

Hoy lo retomo y el motivo es doble. El primero es un acuerdo tácito y no escrito, aunque sí apalabrado, con un amigo para apoyarnos y animarnos mutuamente en esta aparentemente fútil empresa de gritarle al vacío virtual sobre nuestras mierdas varias. La segunda, y tal vez la de mayor peso, es que, por circunstancias varias que han ocurrido en los últimos meses y que no vienen al caso en este momento, me he visto en la nada agradable pero necesaria tesitura de revisitar o redescubrir quién soy yo.

Sí, sé que suena dramático a más no poder, pero no encuentro mejor forma de resumir el viajecito interior en el que me hayo inmersa. La versión extendida la podréis sufrir próximamente, cuando me siente a escribirla. Hasta entonces, basta con que os diga que me he embarcado en la titánica tarea de reexaminar qué son aquellas cosas que componen una gran parte de lo que me define como persona. Es decir, qué son aquellas cosas que me mueven, que me generan inquietud, curiosidad, cuáles son mis metas a largo y corto plazo, cómo me estoy tratando a mí misma y a las personas que componen mi círculo cercano, y un largo etcétera. En cierto modo, podría decirse que había perdido de vista todo esto que acabo de listar y eso no puede sino ir en mi detrimento. Imperdonable.

Parte de mi plan de acción para volver a llamar a la puerta del desastre de persona que soy (pero a quien le tengo cierto cariño) es retomar determinadas actividades y aficiones que siempre me han gustado y que abandoné de forma escalonada a lo largo de este último año. Una de ellas era es este blog.

Y a qué viene toda esta verborrea, os estaréis preguntando. En parte estoy compensando por todo el tiempo que he estado callada por aquí, je. Pero, principalmente, es por lo que os acabo de contar sobre revisitar ciertos aspectos de mí misma. En concreto, sobre mis metas. O, más bien, cómo el hecho de que en estos últimos tres meses el focalizar casi la práctica totalidad de mi atención hacia el exterior, ha hecho que pase por alto uno de los hitos más importantes en mi vida. Y os pongo en situación.

No es por tirar de tópicos, pero yo he sido siempre el prototipo de niña curiosa. A medida que crecía, la variedad de temas que atraían mi atención hasta extremos casi enfermizos se hacía más y más ecléctica. Ejemplos de ello puede ser la mitología (griega, romana y celta, por nombrar los principales), o el espacio (constelaciones, estrellas, el origen del universo…). El que se lleva la palma, sin embargo, fue el interés un tanto extraño por los diferentes tipos de códigos secretos inventados y usados a lo largo de la historia, desde la Piedra Rosetta como modelo para descifrar lenguajes largamente olvidados, hasta la máquina Enigma de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los métodos que tenían los indios navajos para comunicarse entre ellos. Este último dato me sirvió para acertar la pregunta del medio millón de euros de Quién Quiere Ser Millonario, a la tierna edad de once años. Así como curiosidad.

Tenía libros y libros sobre estos temas, cuadernos llenos de anotaciones y preguntas, hojas fotocopiadas, y teorías rocambolescas que nunca llegué a probar. El caldo de cultivo ideal para alguien que, claramente, iba a acabar en ciencias. No pude ni quise evitarlo, el sentimiento de satisfacción y plenitud que extraía de todo esto me llevó a perseguir ese sueño, que muchos tachan de suicida, de vivir de la ciencia, de investigar. Así que, como en mi casa la filosofía que estaba de moda era la de trabajar hasta que lo consigas, sin dejar nada al azar, me puse manos a la obra para poder, algún día, poder dedicarme a ello. Una carrera de fondo. Años de dedicación, sudor, lágrimas, fracasos y éxitos, y todo lo que se suele decir en esta situación. Ya sabéis cómo va. Todo para cumplir ese sueño, largamente acunado, de poder aportar mi granito de arena al mundo, de satisfacer mi curiosidad, de dar respuesta a las preguntas que me planteara. Como dijo en su día Asimov (y como publiqué en aquella entrada), el mundo es tan, tan grande, tan lleno de cosas por descubrir, y aunque sería imposible conocerlo en su totalidad, sería una auténtica pena pasar por él sin al menos haber intentado comprender o maravillarte con una pequeña parte del mismo.

Hace más de tres meses que alcancé la primera de mis grandes metas. Empecé un doctorado, la ocupación soñada, que además me da de comer. Lo había conseguido.

Y se me pasó completamente por alto.

Podéis imaginaros mi desolación al dame cuenta de ello, hace apenas dos semanas. Había estado tan, tan preocupada por otros asuntos, tan fuera de mi propio radar, que no me había dado cuenta de que uno de mis objetivos vitales se había puesto en funcionamiento. Me enfadé conmigo misma sobremanera. La culpa era enteramente mía.

Cuando me calmé y dejé de autoflagelarme, pude analizar el asunto con cierta perspectiva. Circunstancias personales a un lado, mi “olvido” se podía calificar como un producto de la sociedad actual. Y ya aquí sí que puse el grito en el cielo. Estamos tan centrados en alcanzar nuestras metas, una tras otra, que proyectamos todas nuestras ilusiones y alegrías en el futuro, y una vez las alcanzamos, las desechamos para centrarnos en la siguiente. Y así hasta el final de nuestras vidas. Esa no es forma de vivir. O, al menos, yo no quiero vivir así. Quiero disfrutar del fruto de mi trabajo, saborearlo y permitirme, durante un tiempo, el respirar sin tener que pensar en agobios futuros. En definitiva, y esta es mi autocrítica, tengo que estar presente en el día a día. No proyectar, sino mirar en rededor, a mis pies para ver hasta dónde me han llevado; a mi sombra, para admirar el camino recorrido; y hacia delante, sí, para ver los pasos que me quedan por dar y todas las rosas que tengo que pararme a oler hasta llegar a donde quiera que me lleve ese camino.

Y esta, mis amigas y amigos, es mi historia hasta ahora.

PD: ¡Oficialmente puedo decir que soy CIENTÍFICA! Me llena de orgullo y satisfacción.

PD2: Este es el pistoletazo de salida para retomar la publicación por este canal. Podéis esperar más reseñas y temas literarios varios, así como más carga personal, que para eso me he tomado la molestia de darle un nombre a este blog. ¡Hasta la próxima! 🙂

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“La mano izquierda de la oscuridad”, de Ursula K. Le Guin.

Soy muy consciente de lo abandonadas que he tenido estas mis tierras, pero creo que el barbecho ha sido más que suficiente y estoy lista para volver a sembrar por fin, so vaga. La última entrada que subí hablaba sobre cómo teníamos que hacer un esfuerzo consciente por darles más visibilidad a aquellas escritoras en la sombra que, a pesar de tener un enorme y demostrado talento, no recibían el reconocimiento que se merecían, por el simple hecho de ser mujeres. Y como no se puede predicar sin dar ejemplo,  yo me he dedicado a hacer justamente eso en los dos géneros que más me gustan: fantasía y ciencia ficción.

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Haciendo una pasada rápida, he leído a la magnífica Nnedi Okorafor y su “Who Fears Death”, las dos precuelas de la saga de los Vorkosigan, “Fragmentos de honor” y “Barrayar”, de otra grande como es Lois McMaster Bujold; y aunque sin ser de género, también he visitado la historia familiar que crea Yaa Gyasi en su “Volver a casa”, además del amargo “En terreno vedado”, de Annie Proulx. En proceso de lectura se encuentran “El cuento de la criada”, de Margaret Atwood, y “Los senderos del mar”, de María Belmonte.

Ni qué decir tiene que me lo he pasado en grande visitando todos y cada uno de los imaginarios que estas escritoras tan amablemente nos han cedido para nuestro disfrute. Ahora bien, este año he leído también otro libro que no he mencionado arriba, que va a ser el objeto de esta reseña. Un libro que me ha  marcado profundamente, y que ha pasado a convertirse en uno de mis favoritos. Sí, amigos míos, como bien habéis podido leer en el título de la entrada, se trata de “La mano izquierda de la oscuridad”, de mi venerada Ursula K. Le Guin.

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«Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación.» Así comienza su relato Genly Ai, enviado al planeta Gueden, también llamado Invierno por su gélido clima, con el propósito de contactar con sus habitantes y proponerles unirse a la liga de planetas conocida como el Ecumen. Los guedenianos tienen una particularidad que los hace únicos: son hermafroditas, y adoptan uno u otro sexo exclusivamente en la época de celo, denominada kémmer. En Invierno, Ai conoce a Estraven, un alto cargo que le mostrará cuán diferente puede llegar a ser una sociedad donde no existe una diferenciación sexual.

Esta historia que, increíblemente, fue publicada en 1969, trata tantos temas considerados hoy día punteros o revolucionarios, que me hace plantearme la capacidad visionaria de esta grande de la fantasía y ciencia ficción. Pero antes de meterme de lleno en uno de ellos, quería comentaros aquellos rasgos de la novela que más me han llamado la atención.

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Para empezar, una de las cosas que más me gustan de esta historia es cómo Le Guin invierte el punto de vista antropocéntrico que encontramos en muchas novelas de este género, y convierte a los humanos (en este caso, a un único humano, Genly Ai) en los extraterrestres. Somos nosotros los venidos de las estrellas, los que seremos cuestionados, y cuyas costumbres y cultura serán alienígenas para los nativos.

Por otro lado, el world-building usado en Gethen es simplemente brutal. Pensad que la historia no abarca más de 300 páginas, y es libro único. Lo que esta señora crea en tan poco espacio es para quitarte el aliento. El mundo como tal, es un mundo frío, con una geografía característica que va a condicionar no solo la trama de la historia, sino también las características de los diferentes pueblos que lo habitan, de apariencia y costumbres medievales, con algunos reductos de tecnología, aunque no la suficiente para dar el salto al vacío exterior. Todo es sólido, tangible. Creíble. Llegas a la última página y tienes la impresión de haber estado leyendo sobre Invierno durante varios tomos; y esta sensación se ve especialmente reforzada porque estás siendo testigo de la última etapa de Ai en ese planeta. Lo que te lleva a preguntarte dónde narices están los dos primeros libros de la trilogía y las cinco secuelas posteriores que necesitas en tu vida para poder sobrevivir al día de mañana.

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Pero nada de esto es lo que hace tan especial a esta novela. No, señor. La joya de la corona son los habitantes de Gethen. O su fisiología, más bien. Durante años hemos pedido a gritos diversidad en los personajes, ya no solo en términos raciales, sino respecto a su orientación sexual. Y aquí tenemos a esta señora, en fucking 1969, escribiendo sobre una civilización entera de personajes no binarios. Hermafroditas, más concretamente. Una especie asexuada durante la mayor parte de su ciclo reproductivo (somer), que durante un puñado de días adquieren, vía hormonal, órganos genitales masculinos o femeninos (kemmer) en función del ambiente. Es decir, si entran en kemmer cuando otro en su entorno ya lo está y ha adquirido órganos masculinos, ese primer getheniano se decantará por la fisiología femenina, y en caso de quedarse embarazada, la mantendrá hasta el nacimiento. Biológicamente hablando, me parece fascinante. Y las construcciones sociales que se derivan de este hecho están libres del sesgo sexista al que tan acostumbrados estamos en nuestra propia sociedad.

Ahora bien, creo necesario haceros notar cómo Le Guin salva el obstáculo del pronombre con el que referirse a ellos. ¿Qué usar: él, ella, ello? Dejaré que ella misma os explique su solución que, por otro lado, a mí me convence.

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No os voy a engañar, aunque ha sido un lujo leer esta historia, mayoritariamente por este último detalle del sexo; resulta extremadamente difícil desprenderte de tus propios condicionantes para imaginar cómo es, realmente, un habitante de este mundo. Y a Ai le pasa lo mismo. Tendríais que verlo intentar explicar a Estraven (el otro prota, getheniano) cómo son las mujeres y qué las diferencia tanto de los hombres para que hagamos semejantes distinciones de género. Unas risas amargas.

Aquí termina mi reseña (que me hubiera gustado fuera más larga, pero no quería perderos), y no puedo dejar pasar la oportunidad de instaros muy encarecidamente a que leáis esta obra maestra de la ciencia ficción. Esta historia resonará en vuestro interior durante mucho tiempo, madurando, evolucionando. Y os daréis cuenta de la cantidad de cosas que se pueden leer entre líneas, de las preguntas sin repuesta y los “y si”. De cómo la relación entre Genly y Estraven es lo mejor que os puede pasar.

Por otro lado, si tenéis curiosidad sobre otras obras de la autora, siempre podéis daros una vuelta por sus Historias de Terramar, el ciclo Hainish, “La rueda celeste” o “Los desposeídos”. O visitar su página web, perfil en Goodreads o el magnífico trabajo realizado por Taty en Adopta una Autora.

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¡Hasta la próxima, mis queridos habitantes de Karhidish!

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Yo #LeoAutoras

Soy perfectamente consciente de que el Día de la Mujer fue hace unos días ya y no, no estoy haciendo este post ahora como forma de reivindicar que todos los días son nuestro día (aunque lo piense). Realmente lo hago hoy porque es cuando he podido, je mi vagancia nunca me abandonará. Ahora que hemos dejado eso claro, quería contaros un poco sobre la situación de las autoras o escritoras en la literatura, y qué podemos hacer al respecto.

Creo que todxs, en algún punto, cuando hemos sacado el tema de que hay muy pocas escritoras publicadas y leídas en comparación con escritores, nos hemos encontrado con una serie de personas, con sus excusas y explicaciones baratas bajo el brazo, que nos han hecho poner los ojos en blanco y el grito en el cielo. Desde la típica persona emperrada en que cuando va a una librería no se fija en el sexo del autor, hasta la que afirma rotundamente que eso no es cierto, pasando por las que directamente te sueltan que las mujeres no saben o no son capaces de escribir como los hombres, en especial cuando se refiere a ciertos temas como violencia o política. Y se quedan tan anchos, no os creáis.

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El primer tipo de persona que os he comentado está echando balones fuera. La carga de la tradición y la sociedad patriarcal en la que todos hemos crecido hace que, de forma inconsciente, se tienda a hacer ese tipo de elección, y luego desestimarla como un simple factor de azar. Sin embargo, no podemos olvidar que el porcentaje de libros escritos por hombres a lo largo de nuestra historia es muchísimo (pero muchísimo) más grande que el de las mujeres. Esto se refleja en los catálogos de las editoriales y, por ende, en las estanterías de las librerías. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que, estadísticamente, es mucho más probable que, cuando vas con esa mentalidad, te lleves un libro escrito por un autor.

Y ya no hablemos de los premios de literatura. El Premio Cervantes, con todo su bombo y platillo, uno de los galardones más importantes del panorama nacional, ¿qué nos encontramos? 42 galardonados, de los cuales, solo 4 son mujeres. Hagamos las matemáticas: un 9,5%. Goodness me. Sigamos, Premio Nacional de Poesía un 13% (desde 1977, 5 de 38; de 1924 a 1973, solo a una), de Narrativa un 8% (desde 1977, 3 de 39), de Ensayo un 8% (desde 1975, 3 de 38). Y estos son los premios públicos, digamos. Los que otorgan entidades privadas (aka, las todopoderosas editoriales), como el Premio Nadal o el Planeta, tienen porcentajes del 22% (16 de 73) y 25% (16 de 65), respectivamente. Lo que me da aún más vergüenza. Otros ejemplos pueden ser las colecciones que se venden con los periódicos, donde casi todo son hombres; o las listas de “mejores libros de”. Tres tantos de lo mismo. Así que al segundo tipo de cuñado: wtf are you talking about. Ojo, no os creáis que los españoles somos los únicos catetos, el Premio Nobel de Literatura se lleva su 12% raspado, y el Pulitzer en ficción, a pesar de tener un porcentaje mejor que el resto (31%), se queda lejos de ser paritario. Y la cosa no ha mejorado.

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La pregunta obvia que todos deberíamos hacernos en este punto es por qué. Por qué ha ocurrido esto y, mucho más importante, por qué sigue ocurriendo ahora. Y qué podemos hacer para solucionarlo. La respuesta a la primera cuestión es bastante obvia. Solo tenéis que echarle un ojo al año en que las mujeres consiguieron que las dejaran asistir a la universidad (1910, en España). También podéis considerar el hecho de que no hace tanto tiempo, las mujeres tenían que usar pseudónimos masculinos para poder editar o que las leyeran sin prejuicios. Todos sabemos que incluso a día de hoy, una gran parte de la sociedad considera que la mujer tiene unos ciertos roles y que tiene que ceñirse a ellos; y no, escribir no es uno de ellos. Nunca lo ha sido. Ahora bien, por qué, con las herramientas y la voz con la que contamos en el presente, hemos dejado que esa abominable tradición continúe.

Rotundamente no, no es que las mujeres escriban peor que los hombres, y no, no están menos capacitadas que los hombres para hablar de ciertos temas. Si hay pocas no es porque no valgan para ello, sino porque no han tenido las mismas oportunidades y, por lo tanto, el porcentaje de mujeres que lo han conseguido tiene que ser, por narices, mucho menor. Es de cajón de madera de pino: si cien lo intentan, tienen más probabilidades de que un puñado lo consiga que si solo lo hacen cinco. Y luego está el problema de base de siempre, el sexo no determina tu capacidad para escribir ciertas historias; pero tus vivencias, tu imaginación, tu conocimiento, sí. Es decir, el condicionante aquí eres tú como persona, no como hombre o mujer. Puñetas. Las malditas dicotomías de las narices.

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Este problema de desigualdad, además, se agrava cuando miramos más de cerca y nos fijamos en esa misma representación en géneros literarios concretos. Es una creencia bastante extendida que las mujeres son ases en literatura romántica y que deberían, una vez más, ceñirse al status quo. Ese es vuestro campo, dicen. Las cosas rosas, superfluas y vanas. Eso sí, y agarraos fuerte que vienen curvas, según esa misma creencia popular las grandes historias de amor las escribieron hombres (*cof* Romeo y Julieta *cof cof*). Pasadme las sales, queridos, que me está dando un chunguele. Con el resto de géneros ya no sé ni qué contaros, ¿terror, suspense, policiaco? Hombres, everywhere. Ficción, no ficción; da igual. Y lo que más me duele: fantasía y ciencia ficción. Aquí es donde más echo en falta esa visibilidad. Oh, y no me hagáis empezar con la literatura escrita por y sobre minorías.

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Después de un magnífico ejercicio en este nuestro deporte nacional que es quejarse, es hora de que os dé alguna solución. Aunque muchas veces no lo parezca, en nosotros reside ese maravilloso poder que consiste en dar vida a nuevas realidades. Nosotros, oh consumidores del omnipresente capitalismo, somos los que creamos las reglas. Comprando libros de autoras, sean estas las que sean, estaremos forzando la mano de las editoriales. Pero tenemos que hacer ese esfuerzo consciente. Y no solo eso: escribid reseñas de sus libros, puntuad en Goodreads, pedid que vuestra biblioteca local los tenga en sus estanterías, recomendadlos siempre que podáis, apoyad a las autoras en sus redes sociales y dadles visibilidad en las vuestras. Cread iniciativas como el #LeoAutoras en Twitter, uniros al proyecto Adopta a una autora, seguid a blogs (1, 2) que hablen de ellas, informaos y seguid leyendo. Y al final lo conseguiremos.

¡Feliz juernes!

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