“Si esto es un hombre”, de Primo Levi.

Uno de mis pensamientos recurrentes mientras leía este libro era “cómo narices voy a hacer una reseña de esto”, al mismo tiempo que pensaba “me siento en la obligación moral de hacerla”. Y aquí estoy, en la peliaguda empresa de escribir una reseña de un libro imposible de reseñar. O al menos, no como se haría una reseña al uso. Porque, pensadlo detenidamente, ¿qué tipo de crítica se puede hacer? Nada relativo a la historia en sí; aunque, tal vez, se pueda hacer alguna mención al estilo en el que está escrita.

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Primo Levi.

De la forma que sea, lo que Primo Levi narra durante doscientas páginas es un horror difícilmente descriptible. Creo que la mejor forma de abordar mis impresiones es contaros, en primer lugar, las condiciones, en cuanto a conocimiento se refiere, con las que yo partía en el momento de abrir el libro. Todos conocemos las abominaciones que los nazis practicaban en los Lager, en los campos de concentración y en los campos de trabajo. Sabemos de las cámaras de gas, los hornos crematorios, las condiciones de trabajo, los experimentos practicados sobre las minorías que se llevaron la peor parte (judíos, gitanos, homosexuales…). Puede que algunos de vosotros, como yo, hayáis estado en algún campo de concentración, o museo o hayáis visto algún documental sobre ello. En definitiva, sabéis lo que ocurrió, cómo ocurrió y dónde. El por qué ocurrió, sin embargo, es algo que nunca podremos explicar.

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Y aquí es donde entra Levi y su narración, donde solo se habla de pasada de esas monstruosidades perpetradas en nombre de creencias imposibles de justificar. Levi fue prisionero en Auschwitz, más concretamente, en Monowitz, un campo de trabajo dependiente de ese primero. Y era eso, un campo de trabajo. Las condiciones físicas de trabajo a las que le sometieron a él y a otros cientos de miles de personas eran inhumanas, sí, y se asegura de que así lo sintamos. El hambre, el frío, la enfermedad. Palabras que cobran un significado completamente distinto en la Polonia profunda, en especial en invierno.

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The infamous entrance.

Toda esta descripción de la penuria física a la que fueron sometidos es una parte imprescindible para comprender lo que allí estaba ocurriendo, pero de ninguna manera es la única, como tampoco explica totalmente lo que supuso el nazismo para esta gente. La clave está en el título. Si esto es un hombre. Levi no estaba más que refiriéndose a sí mismo, y a todos aquellos con él, durante ese año y poco que pasó en el Lager. Tal vez la mayor abominación que llevaron a cabo todos esos agentes de las SS fuera despojarles, sistemática y completamente, de su humanidad. De aquello que nos hace personas. Y no lo hicieron de la escabrosa manera en la que ponían punto final a sus vidas, no. Esta deshumanización tenía lugar a muy pequeña escala, en los detalles tales como la ropa, los zapatos, las escudillas. La forma en la que les obligaban a sobrevivir e, incluso, a interactuar entre ellos. Este libro, en esencia, es un retrato de la naturaleza humana llevada a extremos inimaginables. Literalmente inimaginables. El fascismo despojó, no solo de su vida, sino también de su humanidad, a millones de personas. Y nadie fue capaz de preverlo.

Una de las cosas que más me llamó la atención mientras leía fue que, a pesar de las vívidas imágenes que Primo Levi transmite en su narración, en ningún momento emite ningún tipo de juicio respecto a los alemanes, tanto de aquellos que formaron parte activamente de esa maquinaria de opresión y asesinato, como de los que sabían y no movieron un dedo, o directamente no quisieron saber. “Si esto es un hombre” es un testimonio. Los jueces somos nosotros. Levi empezó a concebir, e incluso a escribir, su historia estando todavía prisionero. Sentía esa necesidad imperiosa de que el mundo supiera de lo ocurrido. Curioso, aunque totalmente comprensible, que nadie prestara atención a este libro hasta pasada más de una década. Pasado el tiempo de olvidar, resurgió la necesidad de recordar con carácter preventivo. Para nosotros, actualmente, su testimonio corresponde a la Historia. Con mayúscula. Nos resulta lejano, ajeno a nuestra realidad.

¿O no?

Hay un párrafo, hacia el final, que me hizo pararme y volver a leer. Dice así: “En un Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir retrospectivamente la Historia, distorsionar las noticias, suprimir las verdaderas, agregar las falsas: la propaganda sustituye a la información”. ¿Ajeno a nuestra realidad, estamos seguros de eso? Echad un vistazo a la Europa de 2018. A Estados Unidos. Esto que estamos viviendo, este resurgimiento de la extrema derecha, es esa misma Historia, pero disfrazada con nuevos eslóganes. Suena extremadamente agorero y alarmista, pero también lo fue en su momento. Y este libro nos recuerda cuáles fueron las consecuencias.

Así como “El diario de Ana Frank” es una lectura obligada en muchos colegios e institutos del mundo, también deberíamos añadir libros como este, de Primo Levi. Necesitamos el recordatorio de que no se puede mirar para otro lado, de que no se puede señalar sin emprender una acción ulterior que le ponga freno.

Como habéis podido comprobar, esto de reseña no tiene nada. Es un llamamiento que se hace eco del que surge de la propia historia. Leedlo. Además, por si os sirve de incentivo, Primo Levi sabe escribir. Es una auténtica delicia el cómo se expresa, en especial en “El sistema periódico”. Y excelente traducción, también. Por mi parte, tengo ya en cola la segunda y tercera parte de esta trilogía.

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¡Hasta la próxima, queridos lectores!

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“The people in the trees” o La gente en los árboles, de Hanya Yanagihara.

A finales de septiembre decidí que era hora de recorrerme las librerías y comprarme un par de libros que añadir a mi siempre creciente lista de libros por leer. Una decisión lógica que no tenía nada que ver con la necesidad acuciante de hacer algo que me hiciera sentir bien y, de paso, ver si los Hados tenían preparada para mí alguna sorpresilla en forma de historia de esas que te quitan el aliento. Básicamente, y traducido a esta jerga inglesa que tanto estamos usando últimamente, me di a lo que se llama “comfort shopping”, porque un “treat yourself” de vez en cuando no hace daño a nadie. Heck yeah.

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Kudos a Sarah Andersen por representarnos a todos.

Mi intención inicial era ir en busca y captura de “Nación”, de Terry Pratchett, pero se hizo el huidizo y tuve que resignarme, no sin cierto placer, a la ardua tarea de rebuscar entre las estanterías hasta dar con el libro que más me convenciera. Ese libro resultó ser “The people in the trees” (traducido al español por Lumen, “La gente en los árboles”), de Hanya Yanagihara. Y de cara al #LeoAutorasOct, me vino que ni pintado. Así que, dentro reseña.

En 1950, Norton Perina, un joven médico recién graduado, se une a una expedición a una remota isla de Micronesia, Ivu’ivu, en busca de una misteriosa tribu. Allí comienza a investigar lo que lo llevará a ganar el Premio Nobel: la extraña longevidad de los isleños. Antes de regresar a Estados Unidos, decide adoptar a cuarenta niños nativos para rescatarlos de la pobreza. Pero en 1995, uno de sus hijos lo denuncia por abusos…

Mientras cumple condena, Perina, a instancias de su fiel colega Ronald Kubodera, escribe sus memorias con el fin de recuperar el prestigio perdido y demostrar su inocencia. Una historia llena de intriga sobre la ambición y la naturaleza humana en la voz de un narrador sospechoso que, como Humbert Humbert, desafía nuestro sentido de la ética.

Por dónde empezar. Antes de nada, tal vez debería poneros sobre aviso. Deciros que esta es la autora de “A Little Life” y que, en vistas de todo lo que se coció en él (aquí tenéis la reseña que hice en su momento), nadie podría esperar una historia tranquila en el que fue su primer libro, donde lo negro sea claramente negro; y lo blanco, blanco como la leche. Al revés, el abanico de grises, dobleces y zonas embarradas es tan amplio que, por muy rígida que sea tu ética y tu brújula moral, no vas a poder evitar el resbalón y costalazo posterior en algún momento de la narración. No, no es el objetivo de esta escritora dejarte emocionalmente intacta tras haber leído su historia. Y con todo ello contaba cuando empecé su lectura. No iba a dejarme indiferente (o eso esperaba yo, a falta de la prueba empírica).

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Right in the feelings, seguro.

Otra de las cosas que me llamaban la atención, y que acabó siendo la principal razón por la que me decanté por este libro en concreto, fue el hecho de que el protagonista o, más bien, el propio narrador, es un médico investigador ganador de un Premio Nobel de Medicina. Había recibido ese prestigioso galardón por haber descubierto, estudiando a los habitantes de una pequeña isla de Micronesia llamada Ivu’ivu, una enfermedad llamada Síndrome de Selene. Este síndrome parecía conferirles a dichos sujetos una inmortalidad física, en el sentido de que sus cuerpos dejaban de envejecer llegado un determinado momento. Como investigadora en el campo de la biomedicina, esto me llamó poderosamente la atención. Sobre todo, porque, aunque este libro se encuadra dentro del género de ficción, está muy, muy lejos de ser ciencia ficción. Y no sabía qué iba a hacer Yanagihara para solventar ese salto entre géneros sin pisar las fronteras que los separan. Otro elemento que añadirle a su atractivo es que la trama, contada en forma de autobiografía, surge de la necesidad de Perina de narrar su historia como defensa última frente a una serie de acusaciones de abusos sexuales a sus hijos adoptivos, cuando estos era aún niños pequeños. Diría que qué hay más actual que esto, pero supongo que estaría obviando una gran parte de la Historia.

Turbio, todo muy turbio, si queréis saber mi opinión.

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Por otro lado, el setenta por cierto de la narración es referente a la carrera de Perina. Esta no es simplemente una enumeración de los hitos profesionales que salpican su vida hasta el momento actual, sino que hay continuos incisos a sus relaciones personales, tanto en lo referente a su escasa familia, como a su relación con otros colegas científicos. El cómo trata y cómo percibe a la gente de su alrededor, pero especialmente a la gente nativa en Ivu’ivu. Las decisiones que toma y cómo las justifica. Y es aquí de donde sacas la información que necesitas saber sobre él. La que hace que lo que vas a leer en la última página y media del libro no te pille tan de sorpresa, aunque el regusto amargo te lo deje igual.

Ahora bien, ¿qué impresiones me llevo yo después de haber puesto punto final a la historia? Para empezar, un mal cuerpo intenso, de principio a fin. No me pidáis que señale qué es exactamente lo que hace a esta historia tan oscura, solo puedo referiros a otros posibles libros que hayáis leído, donde la atmósfera que rodea a la narración tiene un no-se-qué que no te deja tranquila. Es aprehensiva, viscosa, estremecedora. Aunque los hechos que se estén narrando no lo sean necesariamente. El hecho de que saca todos tus prejuicios y convenciones sociales interiorizadas a relucir, y cuando finalmente te das cuenta de lo que está pasando, te miras un tanto asqueado a ti misma. Aunque con un nivel de asco un tanto menor al que le dedicas a determinados personajes.

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Descripción gráfica de mis sentimientos.

Esta historia, aunque narrada con sencillez, te enreda. Y me gustan esas historias, no os lo voy a negar. Tienen ese punto de morbo que llama la atención. Te hace plantearte dónde están los límites. De todo. Sin olvidar mi recién descubierta debilidad por las historias de personajes. Y si a todo esto le sumas el misterio-que-no-lo-es-tanto de la inmortalidad, la genial documentación que hay detrás, y la belleza con la que está escrita la historia, pues lo bordas.

Y si bien es cierto que no creo que llegue a la altura de “A little life”, aunque sean difícilmente comparables, más allá de que estén escritos por la misma persona; es un muy buen libro. Pasen y vean la historia de los horrores creados y concebidos humanos.

Esto no ha hecho más que empezar.

¡Feliz sábado!

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The story so far.

Hace más de un año que dejé apartado el blog por falta de motivación. Simple y llanamente, sin excusas. Me enfrentaba en ese momento, además, a una nueva etapa en mi vida y no sabía si iba a ser capaz de compaginar ambas cosas, y mantener al mismo tiempo un cierto nivel de satisfacción con lo que pudiera escribir aquí. En resumidas cuentas, paré. Me tomé un descanso.

Hoy lo retomo y el motivo es doble. El primero es un acuerdo tácito y no escrito, aunque sí apalabrado, con un amigo para apoyarnos y animarnos mutuamente en esta aparentemente fútil empresa de gritarle al vacío virtual sobre nuestras mierdas varias. La segunda, y tal vez la de mayor peso, es que, por circunstancias varias que han ocurrido en los últimos meses y que no vienen al caso en este momento, me he visto en la nada agradable pero necesaria tesitura de revisitar o redescubrir quién soy yo.

Sí, sé que suena dramático a más no poder, pero no encuentro mejor forma de resumir el viajecito interior en el que me hayo inmersa. La versión extendida la podréis sufrir próximamente, cuando me siente a escribirla. Hasta entonces, basta con que os diga que me he embarcado en la titánica tarea de reexaminar qué son aquellas cosas que componen una gran parte de lo que me define como persona. Es decir, qué son aquellas cosas que me mueven, que me generan inquietud, curiosidad, cuáles son mis metas a largo y corto plazo, cómo me estoy tratando a mí misma y a las personas que componen mi círculo cercano, y un largo etcétera. En cierto modo, podría decirse que había perdido de vista todo esto que acabo de listar y eso no puede sino ir en mi detrimento. Imperdonable.

Parte de mi plan de acción para volver a llamar a la puerta del desastre de persona que soy (pero a quien le tengo cierto cariño) es retomar determinadas actividades y aficiones que siempre me han gustado y que abandoné de forma escalonada a lo largo de este último año. Una de ellas era es este blog.

Y a qué viene toda esta verborrea, os estaréis preguntando. En parte estoy compensando por todo el tiempo que he estado callada por aquí, je. Pero, principalmente, es por lo que os acabo de contar sobre revisitar ciertos aspectos de mí misma. En concreto, sobre mis metas. O, más bien, cómo el hecho de que en estos últimos tres meses el focalizar casi la práctica totalidad de mi atención hacia el exterior, ha hecho que pase por alto uno de los hitos más importantes en mi vida. Y os pongo en situación.

No es por tirar de tópicos, pero yo he sido siempre el prototipo de niña curiosa. A medida que crecía, la variedad de temas que atraían mi atención hasta extremos casi enfermizos se hacía más y más ecléctica. Ejemplos de ello puede ser la mitología (griega, romana y celta, por nombrar los principales), o el espacio (constelaciones, estrellas, el origen del universo…). El que se lleva la palma, sin embargo, fue el interés un tanto extraño por los diferentes tipos de códigos secretos inventados y usados a lo largo de la historia, desde la Piedra Rosetta como modelo para descifrar lenguajes largamente olvidados, hasta la máquina Enigma de la Segunda Guerra Mundial, pasando por los métodos que tenían los indios navajos para comunicarse entre ellos. Este último dato me sirvió para acertar la pregunta del medio millón de euros de Quién Quiere Ser Millonario, a la tierna edad de once años. Así como curiosidad.

Tenía libros y libros sobre estos temas, cuadernos llenos de anotaciones y preguntas, hojas fotocopiadas, y teorías rocambolescas que nunca llegué a probar. El caldo de cultivo ideal para alguien que, claramente, iba a acabar en ciencias. No pude ni quise evitarlo, el sentimiento de satisfacción y plenitud que extraía de todo esto me llevó a perseguir ese sueño, que muchos tachan de suicida, de vivir de la ciencia, de investigar. Así que, como en mi casa la filosofía que estaba de moda era la de trabajar hasta que lo consigas, sin dejar nada al azar, me puse manos a la obra para poder, algún día, poder dedicarme a ello. Una carrera de fondo. Años de dedicación, sudor, lágrimas, fracasos y éxitos, y todo lo que se suele decir en esta situación. Ya sabéis cómo va. Todo para cumplir ese sueño, largamente acunado, de poder aportar mi granito de arena al mundo, de satisfacer mi curiosidad, de dar respuesta a las preguntas que me planteara. Como dijo en su día Asimov (y como publiqué en aquella entrada), el mundo es tan, tan grande, tan lleno de cosas por descubrir, y aunque sería imposible conocerlo en su totalidad, sería una auténtica pena pasar por él sin al menos haber intentado comprender o maravillarte con una pequeña parte del mismo.

Hace más de tres meses que alcancé la primera de mis grandes metas. Empecé un doctorado, la ocupación soñada, que además me da de comer. Lo había conseguido.

Y se me pasó completamente por alto.

Podéis imaginaros mi desolación al dame cuenta de ello, hace apenas dos semanas. Había estado tan, tan preocupada por otros asuntos, tan fuera de mi propio radar, que no me había dado cuenta de que uno de mis objetivos vitales se había puesto en funcionamiento. Me enfadé conmigo misma sobremanera. La culpa era enteramente mía.

Cuando me calmé y dejé de autoflagelarme, pude analizar el asunto con cierta perspectiva. Circunstancias personales a un lado, mi “olvido” se podía calificar como un producto de la sociedad actual. Y ya aquí sí que puse el grito en el cielo. Estamos tan centrados en alcanzar nuestras metas, una tras otra, que proyectamos todas nuestras ilusiones y alegrías en el futuro, y una vez las alcanzamos, las desechamos para centrarnos en la siguiente. Y así hasta el final de nuestras vidas. Esa no es forma de vivir. O, al menos, yo no quiero vivir así. Quiero disfrutar del fruto de mi trabajo, saborearlo y permitirme, durante un tiempo, el respirar sin tener que pensar en agobios futuros. En definitiva, y esta es mi autocrítica, tengo que estar presente en el día a día. No proyectar, sino mirar en rededor, a mis pies para ver hasta dónde me han llevado; a mi sombra, para admirar el camino recorrido; y hacia delante, sí, para ver los pasos que me quedan por dar y todas las rosas que tengo que pararme a oler hasta llegar a donde quiera que me lleve ese camino.

Y esta, mis amigas y amigos, es mi historia hasta ahora.

PD: ¡Oficialmente puedo decir que soy CIENTÍFICA! Me llena de orgullo y satisfacción.

PD2: Este es el pistoletazo de salida para retomar la publicación por este canal. Podéis esperar más reseñas y temas literarios varios, así como más carga personal, que para eso me he tomado la molestia de darle un nombre a este blog. ¡Hasta la próxima! 🙂

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“La mano izquierda de la oscuridad”, de Ursula K. Le Guin.

Soy muy consciente de lo abandonadas que he tenido estas mis tierras, pero creo que el barbecho ha sido más que suficiente y estoy lista para volver a sembrar por fin, so vaga. La última entrada que subí hablaba sobre cómo teníamos que hacer un esfuerzo consciente por darles más visibilidad a aquellas escritoras en la sombra que, a pesar de tener un enorme y demostrado talento, no recibían el reconocimiento que se merecían, por el simple hecho de ser mujeres. Y como no se puede predicar sin dar ejemplo,  yo me he dedicado a hacer justamente eso en los dos géneros que más me gustan: fantasía y ciencia ficción.

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Haciendo una pasada rápida, he leído a la magnífica Nnedi Okorafor y su “Who Fears Death”, las dos precuelas de la saga de los Vorkosigan, “Fragmentos de honor” y “Barrayar”, de otra grande como es Lois McMaster Bujold; y aunque sin ser de género, también he visitado la historia familiar que crea Yaa Gyasi en su “Volver a casa”, además del amargo “En terreno vedado”, de Annie Proulx. En proceso de lectura se encuentran “El cuento de la criada”, de Margaret Atwood, y “Los senderos del mar”, de María Belmonte.

Ni qué decir tiene que me lo he pasado en grande visitando todos y cada uno de los imaginarios que estas escritoras tan amablemente nos han cedido para nuestro disfrute. Ahora bien, este año he leído también otro libro que no he mencionado arriba, que va a ser el objeto de esta reseña. Un libro que me ha  marcado profundamente, y que ha pasado a convertirse en uno de mis favoritos. Sí, amigos míos, como bien habéis podido leer en el título de la entrada, se trata de “La mano izquierda de la oscuridad”, de mi venerada Ursula K. Le Guin.

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«Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación.» Así comienza su relato Genly Ai, enviado al planeta Gueden, también llamado Invierno por su gélido clima, con el propósito de contactar con sus habitantes y proponerles unirse a la liga de planetas conocida como el Ecumen. Los guedenianos tienen una particularidad que los hace únicos: son hermafroditas, y adoptan uno u otro sexo exclusivamente en la época de celo, denominada kémmer. En Invierno, Ai conoce a Estraven, un alto cargo que le mostrará cuán diferente puede llegar a ser una sociedad donde no existe una diferenciación sexual.

Esta historia que, increíblemente, fue publicada en 1969, trata tantos temas considerados hoy día punteros o revolucionarios, que me hace plantearme la capacidad visionaria de esta grande de la fantasía y ciencia ficción. Pero antes de meterme de lleno en uno de ellos, quería comentaros aquellos rasgos de la novela que más me han llamado la atención.

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Para empezar, una de las cosas que más me gustan de esta historia es cómo Le Guin invierte el punto de vista antropocéntrico que encontramos en muchas novelas de este género, y convierte a los humanos (en este caso, a un único humano, Genly Ai) en los extraterrestres. Somos nosotros los venidos de las estrellas, los que seremos cuestionados, y cuyas costumbres y cultura serán alienígenas para los nativos.

Por otro lado, el world-building usado en Gethen es simplemente brutal. Pensad que la historia no abarca más de 300 páginas, y es libro único. Lo que esta señora crea en tan poco espacio es para quitarte el aliento. El mundo como tal, es un mundo frío, con una geografía característica que va a condicionar no solo la trama de la historia, sino también las características de los diferentes pueblos que lo habitan, de apariencia y costumbres medievales, con algunos reductos de tecnología, aunque no la suficiente para dar el salto al vacío exterior. Todo es sólido, tangible. Creíble. Llegas a la última página y tienes la impresión de haber estado leyendo sobre Invierno durante varios tomos; y esta sensación se ve especialmente reforzada porque estás siendo testigo de la última etapa de Ai en ese planeta. Lo que te lleva a preguntarte dónde narices están los dos primeros libros de la trilogía y las cinco secuelas posteriores que necesitas en tu vida para poder sobrevivir al día de mañana.

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Pero nada de esto es lo que hace tan especial a esta novela. No, señor. La joya de la corona son los habitantes de Gethen. O su fisiología, más bien. Durante años hemos pedido a gritos diversidad en los personajes, ya no solo en términos raciales, sino respecto a su orientación sexual. Y aquí tenemos a esta señora, en fucking 1969, escribiendo sobre una civilización entera de personajes no binarios. Hermafroditas, más concretamente. Una especie asexuada durante la mayor parte de su ciclo reproductivo (somer), que durante un puñado de días adquieren, vía hormonal, órganos genitales masculinos o femeninos (kemmer) en función del ambiente. Es decir, si entran en kemmer cuando otro en su entorno ya lo está y ha adquirido órganos masculinos, ese primer getheniano se decantará por la fisiología femenina, y en caso de quedarse embarazada, la mantendrá hasta el nacimiento. Biológicamente hablando, me parece fascinante. Y las construcciones sociales que se derivan de este hecho están libres del sesgo sexista al que tan acostumbrados estamos en nuestra propia sociedad.

Ahora bien, creo necesario haceros notar cómo Le Guin salva el obstáculo del pronombre con el que referirse a ellos. ¿Qué usar: él, ella, ello? Dejaré que ella misma os explique su solución que, por otro lado, a mí me convence.

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No os voy a engañar, aunque ha sido un lujo leer esta historia, mayoritariamente por este último detalle del sexo; resulta extremadamente difícil desprenderte de tus propios condicionantes para imaginar cómo es, realmente, un habitante de este mundo. Y a Ai le pasa lo mismo. Tendríais que verlo intentar explicar a Estraven (el otro prota, getheniano) cómo son las mujeres y qué las diferencia tanto de los hombres para que hagamos semejantes distinciones de género. Unas risas amargas.

Aquí termina mi reseña (que me hubiera gustado fuera más larga, pero no quería perderos), y no puedo dejar pasar la oportunidad de instaros muy encarecidamente a que leáis esta obra maestra de la ciencia ficción. Esta historia resonará en vuestro interior durante mucho tiempo, madurando, evolucionando. Y os daréis cuenta de la cantidad de cosas que se pueden leer entre líneas, de las preguntas sin repuesta y los “y si”. De cómo la relación entre Genly y Estraven es lo mejor que os puede pasar.

Por otro lado, si tenéis curiosidad sobre otras obras de la autora, siempre podéis daros una vuelta por sus Historias de Terramar, el ciclo Hainish, “La rueda celeste” o “Los desposeídos”. O visitar su página web, perfil en Goodreads o el magnífico trabajo realizado por Taty en Adopta una Autora.

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¡Hasta la próxima, mis queridos habitantes de Karhidish!

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Yo #LeoAutoras

Soy perfectamente consciente de que el Día de la Mujer fue hace unos días ya y no, no estoy haciendo este post ahora como forma de reivindicar que todos los días son nuestro día (aunque lo piense). Realmente lo hago hoy porque es cuando he podido, je mi vagancia nunca me abandonará. Ahora que hemos dejado eso claro, quería contaros un poco sobre la situación de las autoras o escritoras en la literatura, y qué podemos hacer al respecto.

Creo que todxs, en algún punto, cuando hemos sacado el tema de que hay muy pocas escritoras publicadas y leídas en comparación con escritores, nos hemos encontrado con una serie de personas, con sus excusas y explicaciones baratas bajo el brazo, que nos han hecho poner los ojos en blanco y el grito en el cielo. Desde la típica persona emperrada en que cuando va a una librería no se fija en el sexo del autor, hasta la que afirma rotundamente que eso no es cierto, pasando por las que directamente te sueltan que las mujeres no saben o no son capaces de escribir como los hombres, en especial cuando se refiere a ciertos temas como violencia o política. Y se quedan tan anchos, no os creáis.

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El primer tipo de persona que os he comentado está echando balones fuera. La carga de la tradición y la sociedad patriarcal en la que todos hemos crecido hace que, de forma inconsciente, se tienda a hacer ese tipo de elección, y luego desestimarla como un simple factor de azar. Sin embargo, no podemos olvidar que el porcentaje de libros escritos por hombres a lo largo de nuestra historia es muchísimo (pero muchísimo) más grande que el de las mujeres. Esto se refleja en los catálogos de las editoriales y, por ende, en las estanterías de las librerías. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que, estadísticamente, es mucho más probable que, cuando vas con esa mentalidad, te lleves un libro escrito por un autor.

Y ya no hablemos de los premios de literatura. El Premio Cervantes, con todo su bombo y platillo, uno de los galardones más importantes del panorama nacional, ¿qué nos encontramos? 42 galardonados, de los cuales, solo 4 son mujeres. Hagamos las matemáticas: un 9,5%. Goodness me. Sigamos, Premio Nacional de Poesía un 13% (desde 1977, 5 de 38; de 1924 a 1973, solo a una), de Narrativa un 8% (desde 1977, 3 de 39), de Ensayo un 8% (desde 1975, 3 de 38). Y estos son los premios públicos, digamos. Los que otorgan entidades privadas (aka, las todopoderosas editoriales), como el Premio Nadal o el Planeta, tienen porcentajes del 22% (16 de 73) y 25% (16 de 65), respectivamente. Lo que me da aún más vergüenza. Otros ejemplos pueden ser las colecciones que se venden con los periódicos, donde casi todo son hombres; o las listas de “mejores libros de”. Tres tantos de lo mismo. Así que al segundo tipo de cuñado: wtf are you talking about. Ojo, no os creáis que los españoles somos los únicos catetos, el Premio Nobel de Literatura se lleva su 12% raspado, y el Pulitzer en ficción, a pesar de tener un porcentaje mejor que el resto (31%), se queda lejos de ser paritario. Y la cosa no ha mejorado.

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La pregunta obvia que todos deberíamos hacernos en este punto es por qué. Por qué ha ocurrido esto y, mucho más importante, por qué sigue ocurriendo ahora. Y qué podemos hacer para solucionarlo. La respuesta a la primera cuestión es bastante obvia. Solo tenéis que echarle un ojo al año en que las mujeres consiguieron que las dejaran asistir a la universidad (1910, en España). También podéis considerar el hecho de que no hace tanto tiempo, las mujeres tenían que usar pseudónimos masculinos para poder editar o que las leyeran sin prejuicios. Todos sabemos que incluso a día de hoy, una gran parte de la sociedad considera que la mujer tiene unos ciertos roles y que tiene que ceñirse a ellos; y no, escribir no es uno de ellos. Nunca lo ha sido. Ahora bien, por qué, con las herramientas y la voz con la que contamos en el presente, hemos dejado que esa abominable tradición continúe.

Rotundamente no, no es que las mujeres escriban peor que los hombres, y no, no están menos capacitadas que los hombres para hablar de ciertos temas. Si hay pocas no es porque no valgan para ello, sino porque no han tenido las mismas oportunidades y, por lo tanto, el porcentaje de mujeres que lo han conseguido tiene que ser, por narices, mucho menor. Es de cajón de madera de pino: si cien lo intentan, tienen más probabilidades de que un puñado lo consiga que si solo lo hacen cinco. Y luego está el problema de base de siempre, el sexo no determina tu capacidad para escribir ciertas historias; pero tus vivencias, tu imaginación, tu conocimiento, sí. Es decir, el condicionante aquí eres tú como persona, no como hombre o mujer. Puñetas. Las malditas dicotomías de las narices.

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Este problema de desigualdad, además, se agrava cuando miramos más de cerca y nos fijamos en esa misma representación en géneros literarios concretos. Es una creencia bastante extendida que las mujeres son ases en literatura romántica y que deberían, una vez más, ceñirse al status quo. Ese es vuestro campo, dicen. Las cosas rosas, superfluas y vanas. Eso sí, y agarraos fuerte que vienen curvas, según esa misma creencia popular las grandes historias de amor las escribieron hombres (*cof* Romeo y Julieta *cof cof*). Pasadme las sales, queridos, que me está dando un chunguele. Con el resto de géneros ya no sé ni qué contaros, ¿terror, suspense, policiaco? Hombres, everywhere. Ficción, no ficción; da igual. Y lo que más me duele: fantasía y ciencia ficción. Aquí es donde más echo en falta esa visibilidad. Oh, y no me hagáis empezar con la literatura escrita por y sobre minorías.

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Después de un magnífico ejercicio en este nuestro deporte nacional que es quejarse, es hora de que os dé alguna solución. Aunque muchas veces no lo parezca, en nosotros reside ese maravilloso poder que consiste en dar vida a nuevas realidades. Nosotros, oh consumidores del omnipresente capitalismo, somos los que creamos las reglas. Comprando libros de autoras, sean estas las que sean, estaremos forzando la mano de las editoriales. Pero tenemos que hacer ese esfuerzo consciente. Y no solo eso: escribid reseñas de sus libros, puntuad en Goodreads, pedid que vuestra biblioteca local los tenga en sus estanterías, recomendadlos siempre que podáis, apoyad a las autoras en sus redes sociales y dadles visibilidad en las vuestras. Cread iniciativas como el #LeoAutoras en Twitter, uniros al proyecto Adopta a una autora, seguid a blogs (1, 2) que hablen de ellas, informaos y seguid leyendo. Y al final lo conseguiremos.

¡Feliz juernes!

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Trilogía de “La maldición del ganador”, de Marie Rutkoski.

Antes de empezar a daros la matraca, quiero daros un poco de información sobre mi persona, para los nuevos: aunque trato de leer lo más variado que puedo y hago esfuerzos conscientes para equilibrar la balanza entre escritores y escritoras, hay ciertos géneros y autorxs que me tiran más que otros. Un vistazo a mis reseñas o a Goodreads deja claro que la fantasía se lleva la palma; como deja ver también que a lo largo de los años he leído mucha fantasía juvenil. Mucha.

No me considero una experta en el tema, aunque sí puedo decir que he acumulado la experiencia suficiente como para ver los patrones; y aunque escribí una entrada hablando de esto, en mi blog no abundan las reseñas de este tipo de libros. ¿Cuál es la razón, entonces, que me lleva a leer tanto de este género pero a reseñarlo tan poco? Amigos míos, si lo hiciera, estaríais leyendo la misma entrada veinte veces. Tal cual. La mayoría de la YA de fantasía actual es un calco, copia de la copia. Las tramas, los personajes y los motivos que los mueven, los finales, y los errores. Sí, los errores. Todos ellos meten la gamba en los mismos sitios. Así que me dije, para qué hablar una y otra vez de lo mismo, que si ya de por sí me repito más que el ajo, qué necesidad tengo de añadir este tipo de estrés a mi vida.

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(Pero en el fondo sí que lo quiero).

Ahora bien, la siguiente pregunta sería (seguidme el hilo de pensamiento aquí), para qué puñetas leo tanta fantasía juvenil si, aparentemente, es toda igual. ¿No tendré otras cosas que hacer o leer con ese tiempo? Touché, queridos, toda la razón. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, yo sigo insistiendo, esperando encontrar algún día un libro que me sorprenda. Este género fue mi trampolín literario, no puedo abandonarlo así como así. En fin, manos a la obra con esta reseña.

Al ser la hija del general de un gran imperio que se deleita en la guerra y en la esclavitud de los vencidos, Kestrel solo tiene dos opciones: unirse al ejército o casarse. Pero ella tiene otros planes. Sin embargo, todo su mundo da un giro radical cuando la chica encuentra su alma gemela en un esclavo cuyos ojos parecen desafiar al mundo entero y, siguiendo su instinto, termina comprándolo por una cantidad ridícula de dinero. Pero el joven guarda un secreto, y Kestrel aprende rápidamente que el precio que ha pagado por otro ser humano es mucho más alto de lo que podría haber imaginado. Que ganar aquello que quieres puede costar todo lo que amas. Ambientado en un mundo imaginario, La maldición del ganador es una historia de conspiraciones letales en la que todo está en juego y es el propio azar el que determinará si sigues a tu cabeza o pierdes tu corazón.

(Vaya sinopsis se han marcado estos, también).
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Las portadas tampoco tienen sentido, considerando que el arma estrella es una daga.

La única razón por la que quiero hacer un comentario de esta trilogía es porque me ha dejado ojiplática, y no en el buen sentido. Para empezar, me resulta inverosímil cómo no hay ningún tipo de concordancia en cuanto a calidad de la trama entre los tres tomos. Ninguna, no la busquéis. El primer libro es un meh muy grande, el segundo te incita al harakiri y el tercero es pasable, casi bueno. Da la sensación de que la autora empezó la saga como se empieza cualquier otra saga de YA fantástica, luego intentó encauzar su historia a terrenos menos clicherosos y le salió el tiro por la culata, y en el tercero parece que consiguió acercarse a su objetivo. Mientras, nos dejó a los lectores loquísimos con semejante despliegue de inconstancia.

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Por otro lado, los personajes están recién salidos del molde. Chico que parece acercarse a un POC pero no queda muy claro tampoco, y chica blanquita como la leche (y no os lo perdáis, ella pertenece al pueblo invasor, el que quiere aplastar al de su amorcete, ¿os suena esto de algo?). Ah, y relación heterosexual no vaya a ser que alguien se ofenda. Lo que a mí sí que me ofende es que, a pesar de lo manoseados que están este tipo de protagonistas, la autora consiguiera construirlos medianamente bien, y que en el segundo tomo los planchara. En otras palabras, ¿por qué pegarse un tiro en el pie intencionadamente?

La construcción del mundo es un poco flojita, pero como tampoco está creando nada innovador (tres países vecinos con sus rencillas y políticas contrapuestas), puedes pasarlo por alto. La trama principal, que ahora os analizaré un poco, es, por decirlo llanamente, mierda pura. Las tramas secundarias (la estrategia política y militar, el peso de la cultura y el idioma cuando dos pueblos tienen que convivir, cómo difieren las economías según el clima y la historia de ese territorio y cómo esta puede ser una ventaja o una desventaja en una guerra, la geografía y cómo puede ser usada en un conflicto), son inteligentes, están muy bien llevadas a lo largo de los tres tomos, de tal forma que cuando hay alguna gran revelación no te parece que se lo hayan sacado de la manga, sino que puedes ver cómo la autora lo ha ido trabajando en silencio durante bastantes capítulos ya. En definitiva, un gran desperdicio.

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McGonagall does NOT approve.

No me hagáis hablar del segundo libro bueno, va, lo haré donde la trama principal tiene más peso. Ay, la trama principal. Creo que todos conocemos de sobra esa sensación de que el hilo amoroso de la historia NO debería estar, bajo ningún concepto, en primera línea, habiendo como hay tramas secundarias mucho más interesantes, que denotan un trabajo en la sombra mucho más exhaustivo. Por poneros un ejemplo, es como si vais al cine, y delante de vosotros, tapándoos la parte central de la pantalla, se pone una parejita a besarse durante toda la película. Esta es la sensación que me ha salpicado parte del primer y tercer libro, y las 400 y pico páginas del segundo.

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Al decir esto, quiero aclarar una cosa: no estoy en contra de las historias de amor. No voy a condenar a un género entero solo porque una pila de libros de juvenil me esté sacando de mis casillas. Hay una diferencia muy grande entre escribir romántica y escribir un libro donde una de las tramas es romántica, y me explico: si estás escribiendo un romance asegúrate de que esa trama o es la única, o es lo suficientemente potente como para ser la principal, porque si no cumples uno de estos dos requisitos, el intento te va a salir rematadamente mal como ha sido el caso.

En resumidas cuentas, no os molestéis en leer esta trilogía. Es probable que ya hayáis leído esta historia en otro libro diferente. Vuestro tiempo, como el mío, es precioso. Aseguraros de que lo empleáis bien (claro que, si os gustan este tipo de historias, enhorabuena, tenéis tres títulos nuevos que añadir a vuestra colección, yay). Ah, y no os dejéis engañar por las valoraciones de Goodreads, son muy traicioneras.

¡Feliz domingo!

PD: Tardaré años en volver a reseñar juvenil fantástica. Si por algún casual veis que he subido una, agarraos fuerte, porque será que he encontrado el Santo Grial de este género.

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No este Santo Grial, ¿eh? Que os veo venir.

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“Trainspotting”, de Irvine Welsh.

Hace ya un tiempo que me propuse que iba a leer variado. Con esto me refiero a que no solo me iba a limitar a leer fantasía y ciencia ficción, por muy feliz que me encontrara haciéndolo, sino que quería ampliar mis miras culturales e incluir otro tipo de literatura, que no sabía si me gustaba o no porque nunca le había dado una oportunidad. Ojo, esto no quiere decir que me vayáis a encontrar leyendo terror, que soy una cagueta de campeonato y mis nervios sufren (soy la Mrs. Bennet del s. XXI). Volviendo al tema que nos ocupa, sí, puedo decir que desde entonces he leído variado, o al menos lo he intentado. Y si a esto le sumamos la sección “Pelibro”, cuando vi Trainspotting no pude resistirme a sacarlo prestado de la biblioteca.

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Terminé de ver la cuarta temporada de SH y, obviamente, eso causa estragos.

Ahora bien, os voy a ser sincera, no  las tenía todas conmigo cuando empecé a leerlo. No es el tipo de literatura que yo suelo frecuentar, ni siquiera en mis intentos por leer libros que se encuentran fuera de mi zona de confort; y la temática, a pesar de tener un conocimiento puramente científico sobre la misma, se encuentra en el extremo opuesto del espectro de quién soy yo como persona. No estaba segura de que fuera a ser capaz de empatizar con nada de lo que estuviera ahí escrito, y tampoco sabía si ese sacarme de la historia iba a funcionar conmigo. En definitiva, era un reto, y yo no iba a dejarme amilanar por esta panda de yonquis escoceses.

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Esta novela se convirtió en uno de los acontecimientos literarios de la última década. Fue rápidamente adaptada al teatro y luego llevada a la pantalla por Danny Boyle, uno de los jóvenes prodigio del cine inglés. Sus protagonistas son un grupo de jóvenes desesperadamente realistas, habitantes del otro Edimburgo, el que no aparece en los famosos festivales, capital europea del sida y paraíso de la desocupación, la miseria y la prostitución, embarcados en una peripecia vital cuyo combustible es la droga.

Ahora que he puesto punto y final a esta historia, me siento en la obligación de comentaros que todos esos sentimientos preconcebidos que os comentaba más arriba no tienen ningún fundamento, y he disfrutado mucho más de lo que esperaba con esta historia. Y no, no he empatizado absolutamente nada con ninguno de los personajes; y mira que son un buen puñado. Más bien me han generado un sentimiento que se mueve entre el desprecio, la pena y la repugnancia. Creo que nunca he leído escenas que me hayan causado tanto asco, de llegar al punto de tener que dejar de leer y apartar la mirada, porque se me estaba poniendo el vello de punta.

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Sin embargo, me ha parecido perfecto el hecho de que el autor no busque un análisis de moralidad, ni haga una crítica de las acciones de sus personajes con el objetivo de darles un sentido o una justificación, o dando a entender que hay algo bueno en esas almas oscuras. No busca que el lector se sienta reflejado, ni intenta que sus personajes caigan bien. Esto es, simple y llanamente, un retrato. Welsh cartografía de forma fiel ese panorama de la clase obrera escocesa de la segunda mitad del siglo pasado, y no se ahorra ningún detalle, por escabroso que sea.

Esa fidelidad a la hora de retratar tiene su máxima expresión en la forma de narrar. Este libro está increíblemente bien escrito, no solo en términos de lenguaje, que es lo más barriobajero e infracoloquial que te puedas imaginar, que ya no es que roce lo burdo y soez, es que está hundido hasta el cuello en él; sino que, de algún modo, consigue mezclar este registro con uno más culto, llegando incluso a hacerlo en la misma frase. El hecho de que esto no te saque a patadas de la lectura revela un nivel de maestría en el uso del lenguaje que más quisiera yo para mí.

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Esto me lleva al siguiente punto relevante, que es el traductor, Federico Corriente. Quisiera hacer desde aquí un pequeño homenaje a su gran trabajo a la hora de traducir este libro, porque tiene mucho mérito. En reseñas de lectores angloparlantes en Goodreads, la tónica general es que se pensaron muy mucho leer este libro porque no estaban seguros de poder entender todo ese slang o jerga escocesa de los años ochenta, sumado a todos los nombres coloquiales diferentes que reciben, no solo las drogas, sino también la forma en que se presentan. El alcohol incluso. Así que un aplauso a Corriente por su increíble labor de documentación. Ole y ole.

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Por otro lado, y vista mi formación universitaria, no puedo dejar de hacer un breve comentario al gran trabajo de documentación realizado también por el escritor. Dio la casualidad de que yo empecé a leer este libro justo cuando en clase estábamos tratando el tema de drogas de abuso, con lo cual tengo una idea bastante precisa de cómo funcionan este tipo de sustancias, sus manifestaciones clínicas, los signos y síntomas tanto de una intoxicación como del síndrome de abstinencia, así como de las estrategias que se usan para deshabituar a estos drogadictos. Os puedo decir que todo lo que leáis que sufren los personajes es real, y no siempre es fácil encontrar libros o películas que se molesten en buscar qué es lo que ocurre cuando una persona toma determinadas drogas. Por poneros un ejemplo, si habéis visto “Réquiem por un sueño”, de Darren Aronofsky, deciros que está todo del revés, y digo yo que buscar si la heroína produce miosis (pupilas puntiformes) o midriasis (más pupila que ojo) no será tan difícil, ¿no? Les pierde el querer que sea todo vistoso *sighs*.

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You got it all wrong, my friend.

En resumidas cuentas, el libro merece la pena. No sé qué tipo de literatura soléis leer vosotros, queridos lectores, pero os puedo asegurar con bastante seguridad que poco puede compararse a esta historia y cómo está contada. No en términos de calidad, ojo, ese es un berenjenal en el que no pienso meterme, pero si buscáis experiencias literarias nuevas, este es un buen sitio para empezar.

¿Y hay Pelibro? El libro y la película, a pesar de compartir bastantes cosas (más de las que yo esperaba en un principio), tienen un tono completamente distinto. No es solo que haya acontecimientos del libro que estén desordenados en la pantalla, o que haya otros que ni siquiera aparecen; sino que la transmisión de esa misma historia (o similar) no tiene nada que ver. Lo que creó Danny Boyle en su momento es una pequeña obra de arte en sí misma. Exuberante, desinhibida, una explosión de información en pocos fotogramas. La música, los diálogos, los colores, los planos, la fotografía… Para volverse loco.

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Parece un collage cosido con toda la inmundicia y podredumbre que rodea a los personajes y su historia. Visualmente hablando, es una experiencia casi, casi alucinógena. Me resulta hilarante el hecho de que la riqueza de la película se use para acentuar lo hundidos en la mierda que están los protagonistas. Si uno analiza fríamente lo que ha visto, y luego lo compara con la sensación tan molesta y descorazonadora que le queda a uno después de los créditos, te das cuenta de la maestría con la que has sido manipulado. Y digo hilarante porque te ríes, bastante, de las situaciones en las que se encuentran los personajes y cómo reaccionan a ellas. Pero no es una risa que te produzca alegría, es la misma comicidad que se ve en un circo cuando al payaso de turno se le incendia su camión de bomberos. Es reírse de la desgracia ajena, y dónde, me pregunto yo, nos deja eso a nosotros, espectadores.

¡Disfruten de este soleado sábado, amigos!

PD: Trainspotting 2 is coming. Y tengo que enterarme ya si está basada en la secuela de este libro (Porno, se llama) o es algo distinto.

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